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La otra diosa

María Griselda Cousillas - 22/01/2013

 

LA DECISIÓN

Desde hace días ese intento por saciar sus instintos se ha convertido en una obsesión. Alimentada por el tiempo de abandono, la soledad se recrea en su ánimo, reforzando su antiguo deseo de sentirse libre, de alejarse de cualquier yugo anímico. Por eso decide volver a vestir algunas ropas que ni siquiera cuelgan de su armario. Elige el negro ante la ausencia en su vida de otros colores, y se abandona al capricho de las prendas más ajustadas. No escoge con especial cuidado su ropa interior. Necesita prescindir de cualquier artificio que se interponga entre otra piel y su carne, y se enfunda un mínimo jersey que apenas tapa sus muslos, cubiertos por unas medias negras y unas botas de cuero. El pelo, hasta entonces recogido de forma descuidada, cae sobre los hombros rojo y abundante. Sobre su rostro una ligera capa de maquillaje la ilumina, y su piel refleja la voluntad de una firmeza cercana a la obcecación. Hace un frío que la aísla y la obliga a recogerse de todo menos de sí misma. Por eso, y porque necesita sentirse segura, se cubre con un sombrero a modo de armadura. Llega al local cuando todavía no es medianoche. Decidida, se coloca en uno de los rincones de la barra. Allí, ante un vaso de cerveza, espera que alguien se acerque. Como siempre, no dirá que no al primer hombre capaz de leer en su mirada esa necesidad urgente de probar su carne.

EL ENCUENTRO

Aún no sabe qué hace allí, ni cómo perdió al resto de sus amigos, por lo que se acerca a uno de los lugares a los que tenían previsto ir. Desde el principio le desagradó la idea de salir. No reconoce el mundo que le rodea como propio, lo abandonó cuando empezó la carrera, y regresar a él le incomoda. Decide entrar y esperar, retirarse le parece de mal gusto. Con el local casi completo se dirige como puede hacia un extremo de la barra para intentar acomodarse.

A su izquierda, una joven pasea las yemas de sus dedos por el borde del vaso que acaban de servirle. Ella, al ver que se sienta a su lado, sonríe sin apenas reparar en él, y recuerda qué es lo que le llevó hasta allí. Incapaz de detener el torrente que la desborda, le mira a los ojos y cree ver, al final de su mirada, ese deseo compartido de traspasar con sus cuerpos todas las barreras. Mientras, él mantiene los ojos sobre aquel rostro. Apenas sonríen mientras ella se levanta del taburete. Él se decide, aún no sabe por qué, a apurar el vaso y seguirla. Guiado por el ruido de sus tacones va hacia el aparcamiento y ambos se detienen junto a su coche. Sin pensar conduce hasta la falda de la montaña, como muchos otros. Todos cerca unos de otros. Todos con cristales empañados. Apenas apaga el contacto se miran unos instantes. Él, enemigo del sexo rápido, de esa carne desconocida que deja un extraño sabor en la conciencia, se siente atrapado por una espiral de hambre, por sentirse libre de toda atadura. Se desnudan sin perder más tiempo que el imprescindible para dejar sus pieles sobre la tapicería del coche, mientras buscan desesperadamente sus bocas. Ella siente de inmediato la necesidad de saciarse. Sobre las caderas de él, su cuerpo arde con sólo imaginar a dónde le llevarán esas manos que la desnudan. Esos dedos que dibujan sus pechos con precisión barroca, sin concederse apenas tiempo para otra cosa que venerar su redondez. Sin detenerse siquiera ante sus propios instintos, se dan el uno al otro con desenfreno. Él el propio de quien siempre degustó placer conocido y en reposo. Ella, el nacido de la excitación extrema que urge para seguir respirando. Como un animal en celo se deja arrancar su exigua ropa interior para llegar a la cima que le hace perder el mundo de vista. Que alimenta ese instinto que dormirá hasta que la enajenación vuelva a inundar su cuerpo y su mente, hasta el momento en que su otro yo emerja en forma de tempestad para arrastrarla a ella y al próximo hombre capaz de aguantar su mirada.

Ella, agotada descansa en el asiento del copiloto. Durante un instante él se repite que está cometiendo una imprudencia: llevarla al domicilio que figura en su DNI. Aún así, decide hacerlo. Viste con delicadeza ese cuerpo desmadejado y se avergüenza de no haber reparado en su hermosura cuando la tuvo entre sus brazos. Conduce despacio, como negándose a que aquella dirección les separe de modo definitivo. En un edificio de apenas dos plantas, uno de los bajos es el número que busca. La joven apenas acaba de despertar. Aturdida, se deja llevar, cogida por la cintura, hacía la cama. Allí cae hasta que el ruido de las botas sobre el parqué le despiertan de su letargo. La mezcla de alcohol y medicación le impide ver el rostro del joven con claridad. Su obsesión, en ese momento de lucidez, permanece intacta. Se siente desnuda y, al mismo tiempo, poderosa. Como si de un muro que se muestra firme justo antes de desquebrajarse, la obcecación vuelve a animanizarla en ese celo permanente, incapaz de dominar sus instintos. Nota que vuelve a desbordarse. Él, mientras tanto, intenta deshacerse de aquellos brazos que lo atan de nuevo a ese cuerpo realmente hermoso. Con ella vuelve a disfrutar de un espacio de tiempo demasiado breve para poder sentir algo más que un placer fugaz ante esa sobredosis de sexo descarnado, de lujuria desbocada.

LA REFLEXIÓN 

Una partida perdida de antemano, una euforia autodestructiva fuera de todo control, de todo razonamiento. Lo estudió, participó en debates sobre el trastorno de identidad, almas rotas que albergan aquellos cuerpos obsesionados por destruirse a través de otros. Conoció, durante sus prácticas, las diferentes escalas de la desesperación y el pánico que llevaban a disociarse para evitar morir por los golpes devastadores de sus realidades.  Sabe que, tras aquella sexualidad exacerbada que anega todo cuerpo que encuentra a su paso, hay un exceso de dolor. Una tristeza que ha de dotar a la joven que descansa sobre ese lecho revuelto de un mecanismo para huir de todo, hasta de sí misma. Era cuestión de horas que su otro yo le reprochase esta nueva derrota en el momento más duro, el de imaginar el infierno de la noche anterior. No tiene tiempo para apiadarse de ella. Sí lo tiene para fijarse en las cartas que, sin abrir, reposan desordenadas sobre el sofá. Son pocas y una de ellas pertenece a una compañía telefónica. Sin pensar, y sin el menor atisbo de culpa, la abre y pulsa los dígitos que figuran en la factura que hay en el interior. Dentro del bolso que reposa sobre la cama, un móvil suena tras vibrar dos veces. Corta la llamada, la besa con suavidad en los labios y, mirándola por última vez, cierra la puerta tras de sí.

LA TORMENTA 

Necesita tiempo para reconocer el espacio, para respirar aliviada al tener la certeza de que su ceguera no ha dejado otro cuerpo sobre su cama. Le estalla la cabeza, y antes de que los recuerdos, de que la realidad hiriente de su locura, empiecen otra vez a torturarla, se dirige al baño. Con miedo se coloca ante el espejo. Su hermosa melena cubre casi por completo su rostro. Se desnuda y observa las marcas que su obsesión ha grabado sobre su cuerpo. Un reguero de miedo en forma de heridas trae de regreso, para atormentarla, a esa otra mujer que se sirve de su cuerpo para lastimarla, que acude a poseerla para matarla un poco, cada vez que la domina. Sin apartar la mirada no tiene fuerzas para evitar siquiera la náusea que acude a su boca. Se inclina sobre el lavabo y  vomita parte de sí misma, para volver a ser invadida por la angustia. Permanece inmóvil, esperando que anochezca guiándose por las agujas del reloj que, ajenas a su dolor, avanzan frías e insensibles. No quiere dejar paso a más temores, por eso apenas mueve su cuerpo. Sólo cuando un mensaje de móvil vibra sobre el colchón, hace el esfuerzo sobrehumano de sacar los brazos fuera de las sábanas. En la pantalla, un teléfono desconocido deja un escueto mensaje: “Hola, me llamo Alex, te conocí ayer por la noche y quiero hablar contigo. Soy médico”. De sus ojos brotan contra su voluntad unas lágrimas que, aún no lo sabe, marcarán el final de la tormenta.

EL DESPERTAR 

Durante los meses siguientes vagó por un desierto anímico, una larga travesía que la ayudó a renacer. Tras aquella voz se escondía una mirada. Más tarde el miedo fue derrotado, de forma definitiva, por la palabra. Antes de eso, las lágrimas inundaron sus ojos cuando una mano le llevó a conocer otras vidas que se reflejaron en su llanto. Fue aquel manantial el primero que bebieron sus miedos. Sacudió su cuerpo y su conciencia, vació su armario a la vez que llenó su alma. Se envolvió en el manto de una piel a la que no necesitó devorar sino amar para sentirse fuerte, hasta poder mirar de frente a esa suerte de diosa que se sacrificaba devorando cuerpos ajenos. Que contraía los músculos en un afán de alimentarse de carne cruda para evitar más heridas. Le ayudó el encontrar un ángel que pusiese la primera pieza de su nuevo rostro, y los espejos que comenzaron a devolverle unas facciones que se suavizaban a medida que la mujer libre ganaba terreno. Ahora ya no teme su imagen, no huye de los hombres conduciendo a toda velocidad, saciando su terror  a través de las curvas peligrosas del sexo rápido y compulsivo. Ni corre para dejar atrás ese daño marcado a fuego. Ya sólo queda una cicatriz en lugar de aquella herida sangrante que la anegaba con su hemorragia. Por fin se reconoce en el cuerpo del hombre que ama y que la hace crecer como persona. Ahora asume su pasado y camina firme, volviendo la vista atrás para, desde la distancia, demostrar que se puede romper cualquier cadena si alguien te ayuda a ser libre.  

 

Itzuli

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