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El mundo desde dentro

Francisca Fuster Lizani - 28/02/2013

 

Me encuentro contigo frente a la puerta que da a la terraza. 

Estoy temblando y tengo calor y ansiedad.

De repente la siento: una leve brisa que consigue que me suspenda por unos segundos en el aire.

—Ven, mira esto —Te digo, incrédula.

Tú te acercas hacia mí, sin tener una ligera idea de lo que está ocurriendo y el aire ahora sopla con más fuerza y consigue hacernos volar por la cocina.

Voy a la terraza y me asomo con lágrimas en los ojos. Solo miro porque no puedo hacer más.

Hay una mujer en lo alto de un edificio. Es rubia, de mediana edad, y parece haber salido de una tragedia de Shakespeare.

—¿Por qué nos hacéis esto? ¡Nos habéis enviado otro tornado! —grita, la mujer—. ¡Ya no puedo soportarlo más!

Sin pensarlo, da el paso definitivo y decide caer al vacío como si estuviera clavada en la cruz de Jesucristo.

De pronto llega una multitud que había contemplado el suicidio de la mujer, caminando como si fueran espíritus errantes buscando la vida, y todos caen, uno tras otro; algunos incluso saltan juntos al vacío.

Entonces me despierto, juraría que he llorado. Abro los ojos pero vuelvo a cerrarlos.
En realidad no veo nada, solo pienso, me dejo llevar mientras estoy tendida sobre mi cama.

Pasan unas horas, no sé cuántas, y decido que ya es hora de tomarme la pastilla antidepresiva para luego ir a pasear por la playa.

Parece como si fuera ajena a mi realidad, como si estuviera recostada en la butaca de un cine y no fuera capaz de controlar mi vida.

El cielo, manchado de estelas blancas, infinitamente inmenso, y abajo el mar y su profundidad, me invitan a acercarme a la orilla y sentarme en las rocas.

Ya todo me envuelve: el olor a salitre, el mar, el atardecer, el aire que choca contra mi rostro. Me dejo llevar.

Más tarde vuelvo a casa, y está mi madre tumbada en el sofá. Le saludo y voy a mi habitación, situada al fondo del pasillo.

Horas y días pasan de nuevo ante mis ojos y me hallo en mi cama. Solo yo y nadie más.

Ya es de noche y ahora me doy cuenta de que ha pasado una semana. Todo es así como lo recuerdo, desde ti.

Es como si estuvieras conmigo, y entre nosotros la luz roja. Siempre la luz, que nos separa; la única que nos une.

Parece que sintiera tu presencia, y la tierra lo afirma, y yo, que así lo quiero, y las miradas ajenas que me ven.

Me siento frente al escritorio y cojo el compás, y comienzo a rozar mi antebrazo con él. El contacto frío con mi piel hace que me estremezca. Dibujo una raya sobre el lienzo de mi piel, y otra en paralelo, y cierro los ojos.

No pienso. Es la enfermedad. Y dibujo surcos profundos, como el mar al atardecer, pero estos son color salmón. Pueden ser más rojos, quiero un color que no me mienta.
Dejo el compás y observo mi antebrazo; seguidamente voy arrastrando los pies hacia la cocina, donde bebo un vaso de agua, para luego acostarme en la cama.

Me tapo hasta la nariz, cierro los ojos apretando las sabanas con mis manos.

‘’Es el mundo, no soy yo. Desde dentro. El mundo desde dentro. No fui nunca, no soy yo…’’ Y pensando esto, caigo en un letargo que hace que me hunda en mi propio mar.

El sol entra en mi habitación por las ranuras de la persiana blanca. Es de día.
Hoy es día 5, el día en que nos conocimos y también el día en que me dejaste ir.
Pensaba que venías a caminar junto a mí, que me ayudarías a superar la depresión. Nunca imaginé que vendrías para luego abandonarme.

Desayuno y al volver al escritorio leo la última página que escribí pensando en ti.

Hoy me fugaré contigo, es tuyo todo mi tiempo.
ven a mi cama, estarás toda la noche en mis sueños.
Nada importa, solo ven y olvidemos el pasado,
perdámonos en nuestras miradas,
que nos queremos y nada importa.
Que brille nuestro amor, sin reproches ni excusas.
Ven conmigo para siempre hasta el despertar
y dime ‘’mi niña’’ mientras me miras.
Susúrrame ‘’mi amor’’.
Mi amor eres tú,
por eso ven conmigo.

Mi amiga Magdalena ya ha llegado, y me coge de la mano y vamos juntas a caminar. Hace sol, es un buen día. Me dice que tengo que olvidarte y que debo quererme más, que soy especial y no me merezco esto, no me merezco sufrir.

¿Sabes qué? Creo que tiene razón. No vale la pena, no importa que ya no quieras compartir momentos conmigo, hay muchas personas que quieren hacerlo.
Tú y yo ya tomamos decisiones y hoy elijo que el tiempo me cure, y que nos una… o que nos separe.

Pasan lentamente los días, duros como sombras en el asfalto, pero consigo superarme día a día. Me levanto de la cama, me siento orgullosa de poder disfrutar de mis seres queridos, de mis aficiones. Cada vez cuesta menos. No sirve de nada autolesionarme, ni quedarme en casa. Quiero salir y mejorar, dar lo mejor de mí a mis familiares y amigos que me han ayudado durante estos años.

No importan los obstáculos, vine aquí para vencerlos. Seré feliz.

 

Itzuli

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