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Arcadio Ego, escritor

David Villar Cembellín - 12/02/2013

 

Todos son locos, pero el que analiza su locura, es llamado filósofo.

—Ambrose Bierce—


I.
Arcadio Ego era escritor. «Escribo, luego soy escritor», solía repetir para dejar claro este punto. Tal vez no contara Arcadio Ego con el reconocimiento del público, ni tan siquiera con un editor que publicara sus trabajos, pero mirando detenidamente la definición de la RAE en su primera acepción no se le podía acusar de no tener razón:

escritor, ra. (Del lat. scriptor, -ōris).
1. m. y f. Persona que escribe.

De tal forma, por definición, Arcadio Ego era escritor. En su foro interno un buen escritor, además. Dedicaba horas a la tarea de la escritura, documentándose, reflexionando, hilvanando cada frase con paciencia de amanuense en pos de la mejor de las combinaciones léxicas posibles, liberando algún que otro blanco de tinta para cazadores de oxímoros que supieran apreciarlos. Pero no acababa ahí su esfuerzo, porque luego incluso repasaba sus escritos una, dos, mil veces, eliminando rellenos superfluos que le dieran mayor musicalidad a su obra, encajando pericialmente cada tesela en que había fragmentado su relato, intentando alcanzar la perfección. Y era al acabar toda esa primera labor de escritura y corrección, labor de tiempo indefinido, cuando Arcadio Ego volvía a leer sus palabras de un tirón en busca de algún borrón fugitivo que se le pudiera haber escapado para, al no hallarlo, dar su escrito por finalizado. Antes que escritor había sido lector y sabía cuándo un escrito funcionaba o no, cuándo le gustaba o no. Fluidez, sencillez, una lectura fácil y agradable, apenas eso buscaba.

Si acaso Arcadio Ego podía conocer la felicidad, es seguro que la experimentaba en ese momento final de su labor creativa, cuando daba carpetazo final. Un buen trabajo, bien hecho, no falta ni sobra nada, has plasmado lo que querías plasmar, se decía a sí mismo al concluir su labor creativa.

Arcadio Ego se gustaba tanto de sí mismo en esos instantes como sólo puede gustarse un escritor de su propia obra.

II.
No le asustaba, pues, el folio en blanco a Arcadio Ego y continuó escribiendo, más por placer que por otra cosa. Su confianza en su talento llegó a ser tal que incluso se atrevió a imprimir unas copias y compartir su trabajo con su mujer, su familia, sus amigos. Ni siquiera recordaba aquel miedo primerizo de exponer su obra a consideraciones ajenas, así que observaba con cierto aire de tranquilidad a esa mujer, a esa familia, a esos amigos, pasar las páginas de su último escrito. Sabía con certeza lo que acaecería después. Orbicularmente, las mismas palabras, siempre. «Es muy bueno, deberías presentarlo a algún concurso», le animaba su mujer. «¿Por qué no te animas a mandarlo a algún certamen?», preconizaba su familia. «Nosotros creemos que tiene potencial como para alzarse con algún premio», comadreaban sus amigos.
Tanto escuchó Arcadio Ego estas palabras, siempre las mismas, que por fin se decidió a probar suerte. Tras buscar varios certámenes y premios de ayuntamientos ignotos y asociaciones culturales desconocidas, escogió alguno de sus trabajos, los encuadernó con primor y los envió con su pertinente plica adjunta.

Sin embargo, el éxito le fue esquivo. Conforme fueron pasando los meses, conforme se fue fallando cada concurso, Arcadio Ego comprobó que su nombre no aparecía entre los galardonados. Mas no cayó en el desánimo y volvió a intentarlo reiteradamente, probando con otros concursos, volviendo a escoger nuevos relatos, volviendo a encuadernarlos con primor. La Oficina de Correos de su barrio se convirtió en aquellos tiempos en el espacio desde donde Arcadio Ego remitía sus sueños.

III.
Su ilusión no tuvo la recompensa esperada. Ni en esa ocasión, ni en la posterior, ni en la siguiente, ni en la de más adelante. Silencio por respuesta durante años o, en el mejor de los casos, una carta de agradecimiento por participar junto con un libro que recogía los trabajos premiados.


Arcadio Ego agradecía al menos estos segundos casos ya que le permitían conocer los trabajos que le habían vencido. Es más, de puertas para fuera no lo reconocería pero en su interior, las más de las veces, los trabajos premiados le parecían mediocres, inferiores de todo punto al suyo. ¿Por qué les gustaría tanto a los jurados la adjetivación superflua?, se preguntaba leyéndolos. ¿Cómo podían engancharles esas tramas anodinas y efectistas, siempre al servicio del estilo, que nunca contaban nada interesante? ¿Dónde estaba la estructura narrativa en ese maremágnum de palabras? Y sobre todo: ¿por qué le parecían todos ellos iguales, clónicos hasta la exasperación?

Se revolvía Arcadio Ego en su sillón cada vez que recibía uno de estos ejemplares. Ya no era por el dinero del premio, ni mucho menos, ni tampoco por el prestigio literario. El dinero no le iba a sacar de pobre y sabía a ciencia cierta que la fama que conferían dichos premios no solía trascender más allá de un par de páginas de Internet. No era por eso, no.

Lo que indignaba realmente a Arcadio Ego hasta el tuétano era la injusticia. Injusticia de que prevaleciera la retórica de relleno, páginas y páginas de cháchara hueca, sobre la síntesis y la limpieza. Injusticia de que reinara la hiperadjetivación sobre el verbo bien elegido. Injusticia de que todos los relatos premiados se decantaran siempre por argumentos costumbristas con pinceladas de realismo mágico, como si eso fuera lo más original del mundo y no se plagiaran todos a todos.

Era esa iniquidad del sistema lo que le sublevaba como nada, comprobar cómo sus relatos, ante sus ojos aquilatados de virtudes, eran recurrentemente ignorados en beneficio de otros. Con o sin razón, ese indolente silencio, ese no darles a sus escritos ni tan siquiera la oportunidad de ser olvidados, eran para él la esencia misma de la injusticia.

IV.
Por aquel entonces, Arcadio Ego pensó en dejar la escritura. «No vale la pena, no soy reconocido, para qué…», bullía la desilusión en su cabeza. Revivía sus viajes a la oficina de Correos y sentía vergüenza por ese haberse ilusionado antes de tiempo. Una vergüenza infantil, la vergüenza de haber volado demasiado alto en su soberbia, la vergüenza del desencanto. Se sentía inerme ante el nulo reconocimiento de su trabajo. Inerme e inexplicablemente triste. Seguía teniendo mujer, hijos y amigos, trabajo y salud, aparentemente no había causa para semejante tristeza. Su vida seguía teniendo sentido, se motivaba. Sentido sin orientación, pero sentido.

Se infundía ánimos entonces Arcadio Ego, dándole la vuelta a la tortilla. 
—No eres tú quien falla, Arcadio, sino esos jurados que no apreciarían el talento aunque les mordiera en el culo —se hablaba a sí mismo imaginariamente delante del espejo—. No están preparados para la excelencia que has alcanzado, para tu escribir diáfano y puro, para tus historias reales y sinceras narradas desde las entrañas. Además, ¿quiénes son ellos para juzgar mi literatura? Probablemente premian la mediocridad y el aburrimiento porque están tan acostumbrados a esa mediocridad y aburrimiento que no saben ver otra cosa. Que no te hundan esos crueles aristarcos.
No podía, sin embargo, luego a solas, dejar de recordar a su vez unas palabras alguna vez leídas. Unas palabras que decían que no había escritor que se considerara más genial que aquel que nunca había conseguido editar, ya que pensaba que su talento era tan inmenso y novedoso que el mundo no estaba preparado para él. Unas palabras que sentía como propias. Unas palabras que le insultaban en su orgullo y le volvían a retrotraer al estado depresivo y gris precedente.

La autoestima de Arcadio Ego subía y bajaba a capricho en aquellos tiempos, compaginando días de euforia en los que se veía como un ser supremo de las letras con otros en los que la certeza le decía que nunca llegaría a nada. Lo mismo se le henchía el pecho de optimismo si encontraba alguna frase especialmente afortunada para su último escrito que un pesimismo caníbal le devoraba por las noches si la suerte le había sido esquiva en algún certamen en el que hubiera depositado especiales esperanzas. 

Arcadio Ego enloquecía no queriendo renunciar a sus sueños de escritura ni sabiendo cómo eludir la penosa realidad. Su último consuelo, pensar que todo escritor había pasado alguna vez por lo mismo qué él, por las mismas dudas, por los mismos altibajos. Mal de muchos, consuelo de tontos, ponderaba.

—Pero consuelo, qué caray —lloraba de rabia Arcadio Ego ante la pantalla de su ordenador, tecleando sin descanso, escribiendo su último trabajo, tlic, tlic, tlic, tlac.

V.
Pese a que su salud mental distaba mucho de ser la más estable, Arcadio Ego siguió escribiendo. Escribiendo y leyendo. Siempre había leído mucho Arcadio Ego, pero por aquel entonces se transformó en un devorador de libros, en un Pantagruel de las letras, tragándose los más grandes tochos en un par de días. Se le había ocurrido la idea de que cuanto más leyera mejor escritor se haría.

Ya sólo pensaba en esto: en hacer realidad su sueño; en que le reconocieran como escritor con algún premio; en conseguir editar y tener su propio grupúsculo de lectores, aunque fuera pequeño y desconocido, que le admiraran fielmente…

VI.
Leyó y escribió pues, Arcadio Ego. Escribió y leyó. Y, quién sabe si por las nuevas pericias adquiridas por esa lectura tenaz o por haber cambiado su prisma, lo último que escribía siempre le parecía mejor que lo anterior. Es más, releyendo sus primeros trabajos se admiraba de la frescura de los mismos pero no podía dejar de considerarlos cualitativamente inferiores a los más recientes.

Algo hizo clic entonces en la mente de Arcadio Ego y decidió volver a la carga con nuevos bríos. Imprimió y encuadernó con primor sus últimos trabajos —los más perfectos, los que juzgaba inatacables—, les adjuntó su plica correspondiente y los envió de nuevo a uno de esos cientos de certámenes literarios de ayuntamientos ignotos.

Qué hizo cambiar la perspectiva de Arcadio Ego durante aquella época nadie de su entorno lo hubiera podido decir, pero lo cierto es que ya no escondía anhelo ninguno en su acto de acudir a la oficina de Correos a enviar sus trabajos. Tras su acto dejó de haber ilusiones inocentes o sueños de escritor. Ahora incluso se arrogaba de una postura altanera al caminar hacia dicha oficina, engolando su voz al tratar con el funcionario de turno. Harto de sentirse víctima, a partir de entonces se erigiría en juez. Arcadio Ego había adoptado la firme decisión de no volver a ser juzgado nunca más.
Abrazando la locura, Arcadio Ego intentó mantener su cordura, sus sueños de escritor.

VII.
En pocas palabras, he aquí el cambio que se produjo en él:
Arcadio Ego continuaría enviando sus mejores trabajos a los certámenes, sí, pero ya no por ser evaluado por el jurado. Era justo al revés, todo lo contrario, sus trabajos evaluarían al jurado. Sin que ellos lo supieran, pondría a prueba a los miembros de cada jurado con sus más geniales creaciones. Así, el talento que se mediría en cada certamen no sería el suyo, sino el del jurado, ignorantes sus miembros de que el fallo que emitirían recaería sobre ellos mismos, sobre su potencial para discernir la buena literatura, sobre su capacidad de apreciar la belleza. Él ya sabía cuán buenos eran sus relatos, no necesitaba reafirmarse. Era, en cambio, la capacidad de sus evaluadores sobre lo que albergaba serias dudas.

En las postrimerías de su delirio creativo, Arcadio Ego se autoproclamó un jurado de jurados.

VIII.
Y ocurrió. Ocurrió que, milagrosa o merecidamente, meses después una voz desconocida sonó al otro lado del teléfono de Arcadio Ego. Una voz que se presentó a sí misma y le comunicó que había sido el vencedor del certamen de relatos que su agrupación —¿o se trataba de un ayuntamiento, tal vez?— había convocado ese año. Una voz que le felicitaba y le instaba a comparecer en la entrega de premios que se llevaría a cabo en el salón de actos patatín a la hora patatán.

Ah, entonces, el embeleso del triunfo, el júbilo por la victoria. Arcadio Ego había esperado mucho tiempo ese momento y lo paladeaba con fruición, hisopándose de su éxito. Parecía que todo se moviera a cámara lenta ahora, tras colgar el teléfono. 
Con poco esfuerzo, incluso podía Arcadio imaginar a un miembro del jurado —sus ojos présbitas aburridos y cansados por la lectura de decenas de monótonos escritos— abriendo su relato, palpándolo, para luego transitar las primeras líneas y comenzar a desenterrar palabras. Podía imaginar a dicho miembro del jurado gustándose del relato tanto como él se gustaba del mismo, apreciando las mismas pequeñas genialidades que el sabía apreciar y había diseminado como por ensalmo por todo el escrito, compartiendo con la lectura un placer parejo al que él había experimentado con la escritura: una comunión total lector-escritor, magnificada por el prisma distorsionado del desmedido narcisismo de Arcadio Ego.

Al fin un jurado al completo había estado a la altura del relato que les había sido remitido, se congratulaba Arcadio Ego hasta el paroxismo. Ahí hacía residir Arcadio Ego el valor de su victoria. Ahí residía, y en ninguna otra parte.

IX.
A aquel primer premio le sucedieron varios otros y, sin llegar a convertirse en una rutina, acudir de vez en cuando a recoger algún premio fue tornándose en algo habitual para Arcadio Ego. Aún eran más los jurados innobles que ignoraban sus escritos, pero no solía pensar en ellos y prefería recordar tan solo a los que le premiaban.

Sin embargo, su dicha no era completa ya que ninguna entrega de premios resultaba ser como Arcadio Ego se las había figurado. Él había idealizado unas salas solemnes, cálidas, llenas hasta las columnas de gente esperando al galardonado, empero nunca eran así. Como si transcurrieran durante una duermevela, cada entrega de premios se le antojaba a Arcadio Ego irreal, difusa, abstracta, inexplicablemente fría. Los aplausos —que afortunadamente no percibía para él sino para el jurado en cuestión— acostumbraban a ser escasos y desacompasados, tañendo en ecos sordos a través de esos salones de actos nunca ni medio llenos. La mano viscosa que se le ofrecía en felicitación —sin saber quien ofrecía su extremidad que el realmente homenajeado en ese apretón de manos era paradójicamente él— le resbalaba entre los dedos, escapándosele, debiendo sostenerla con fuerza para paliar la debilidad de su tenaza. Los discursos halagando el virtuosismo de su escrito —y que conmutativamente Arcadio Ego no podía sino concebirlos diciéndoselos los oradores a ellos mismos— los escuchaba lejanos y abúlicos, como si formaran parte de la emisión de una radio mal sintonizada en otra habitación.

Resulta, por tanto, sencillo de explicar por qué, a pesar de haber ansiado tantas veces alcanzar ese momento, en dichas ceremonias Arcadio Ego divagaba y comenzaba a visualizarse a sí mismo en tercera persona, escudriñándose desde arriba. Y era al examinarse a sí mismo, en esos momentos áridos de cualquier sentimiento, cuando Arcadio Ego se veía a sí mismo menos persona y más personaje. Y era entonces, al verse más personaje, cuando Arcadio Ego comenzaba a visualizar su vida, sus relaciones, sus anécdotas más intrascendentes, como formando parte de una historia, de uno de sus relatos. 

Y era que, de tal manera, persona y personaje, realidad y ficción, la ímproba labor de escritura y la ulterior entrega de premios, todo principio y todo final, caracoleaban confundiéndose y no pudiéndose apreciar dónde comenzaba uno y concluía el otro.

Y era que cerrándose el relato, abriéndoseme el escritor, todo termina, o empieza, o pliega aquí…

 

Itzuli

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