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3er premio: Castillo de Naipes

Ignacio Villagrán Teresa - 15/11/2012

 

Aún queda un rato para que den las ocho. Miro de reojo al despertador mientras repaso lo que he de hacer durante el día. Cosas de Mikel, mi psicólogo. Para cuando te levantes, has de tener planificada tu actividad diaria. La facilidad con que te recuperes dependerá en gran medida de tu autodisciplina. Así es que todos los días, desde que empecé con la terapia, me dedico a repasar mi agenda, mi particular agenda: afeitarme, ducharme, preparar el café y ver si Amaya me ha dejado algún encargo. Esas breves notas que ella me deja pegadas en la puerta del armario, forman ya parte de mi rutina diaria. Si quieres luchar contra tu anarquía interior, has de poner en orden tu entorno más próximo. Otra vez Mikel. Es como una segunda voz que sale de alguna parte recóndita de mi cerebro, para recordarme lo que he de hacer o no he de hacer.

*   *   *

Todo comenzó hace ahora dos años. Recuerdo que me sentía extrañamente cansado. No entendía por qué llegaba siempre agotado del despacho, por qué me crispaba por nada y era incapaz de soportar las risas de mis hijos cuando jugaban. Algo inexplicable me estaba ocurriendo. En medio de una permanente sensación de angustia, un cúmulo de pensamientos negativos aparecían y desaparecían a lo largo del día y me impedían trabajar, disfrutar de mi familia o llevar una vida normal, como lo había hecho hasta entonces. De ser un hombre seguro de mí mismo, me convertí en un tipo indeciso y acomplejado.

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Miro de nuevo al despertador. Sólo ha transcurrido un minuto. En este duermevela uno tiene la sensación de que el tiempo se detiene y permanece flotando en un espacio etéreo, donde los segundos se convierten en horas y un instante puede llevarte a la eternidad. Curiosa paradoja.

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La cosa empezó a complicarse cuando tenía que preparar los juicios. Un pánico escénico me invadía por dentro. Algo inconcebible después de tantos años de profesión. Había días en que acudía al trabajo con la obsesión de que los jueces se habían confabulado contra mí para que perdiera los juicios. Otros días me despertaba pletórico, con una euforia desbocada que sembraba el desconcierto en mi trabajo. Y es que cada vez eran más frecuentes los cambios de un estado a otro. Después de una etapa de excitación e hiperactividad, me daba por aislarme, por no hablar con nadie, por tomar todo tipo de precauciones. Porque yo estaba seguro de que alguien me seguía, de que alguien pretendía hacerme daño. Instalé un grabador telefónico en casa cuando ya apenas recibía llamadas.

Al final fue ese continuo tránsito de la euforia al desplome lo que terminó conmigo. Yo iba de mal en peor y tuve que ponerme en tratamiento. El diagnóstico me sonó a música celestial. No te lo tomes a broma, aseguró Mikel con cara de circunstancias. Después del verano caí en picado. Y allí seguí, en un oscuro pozo del que me era imposible salir.

*   *   *

 El vecino del tercero se acaba de levantar. Oigo cómo cierra la puerta del baño. Unos segundos después se oirá el grifo de la ducha. Y más tarde el exprimidor eléctrico. Escucho atento los sonidos, que se suceden con una cadencia metódica, casi perfecta, como si todo en la vida tuviera que ocurrir siempre en el mismo instante. Tal vez Mikel tenga razón.

*   *   *

Mi paso por el módulo no consiguió que mejorara. Yo me negaba a aceptar mi situación, a admitir que estaba tan afectado como el resto de mis compañeros de grupo. No, aquello no le podía ocurrir a un brillante abogado con la cabeza bien amueblada. Y sin embargo, la realidad me demostraba día a día que yo me comportaba igual que los otros, que sufría los mismos miedos y las mismas angustias.

No sé cómo llegué al sanatorio. Sólo recuerdo que desperté en una habitación de paredes blancas. Miré a mi alrededor y no vi más que una mesita de ruedas y una silla en la que alguien había colocado mi bata. Me levanté y me acerqué a la ventana: al fondo, el Andatza se ocultaba tras una niebla espesa que ascendía lentamente desde el río. Junto a la entrada de la casa, reconocí la carretera que conduce a la ermita de San Esteban. Mis recuerdos me hicieron retroceder treinta años atrás: aquella noche de agosto sonaban en la verbena los acordes de Izarraren Lorratza. Aquella noche de agosto conocí a Amaya.

La estancia en el sanatorio se me hizo interminable. Noches de insomnio y de silencio, sin más compañía que el sordo runrún de la fábrica de mármoles. Mis pensamientos me llevaban a ahondar en mi vida, tratando de encontrar una respuesta a aquella situación en la me encontraba. Tenía una familia a la que quería, había triunfado en mi profesión y mi mundo no adolecía de nada de lo que yo había deseado. ¿Entonces?

Sí, me habían dicho que estaba predispuesto a ello, que mi enfermedad era un trastorno biológico y que su origen no podía achacarse a ninguna otra causa. Pero algo más tuvo que haberme ocurrido, pensaba, algo que actuó como detonante. En la fría soledad de aquellas cuatro paredes vislumbré vagamente algunas respuestas. Volví la vista al pasado y descubrí que mi mundo no era más que un puzzle compuesto de piezas malamente encajadas. Por eso todo se deshizo en mil pedazos.

*   *   *

Empieza a oírse el griterío de los niños del piso de al lado. Ya no me molestan. Apenas un fino tabique me separa de ellos y del resto del mundo. Antes era un abismo, un abismo insalvable.

*   *   *

 La recuperación me llevó a enfrentarme a la realidad. Acudí al bufete convencido de que nada había cambiado. Y me equivoqué. Mikel ya me lo había advertido. Mi socio no pudo ser más elocuente. Tras aquella aparente jovialidad, aquel gesto de aquí no ha pasado nada, pude leer en su mirada un mortífero tú nunca serás el mismo. Volví a casa y tardé un tiempo en digerir todo aquello. Y de nuevo fue Amaya quien me abrió los ojos, quien me ayudó a tirar para adelante. Porque aquel ilustre bufete de abogados no era mi lugar y quizás no lo fue nunca. ¿A qué había dedicado entonces mi vida?: a erigir un castillo de naipes que se desplomó al primer amago de viento, un castillo de naipes construido sobre un mundo de vacíos, de falsos triunfos y de vanidades.

No me costó abandonar el bufete. Lo estaba deseando. Y me uní a la Asociación. Allá perdí el miedo a reconocer mi enfermedad, a volver a la vida. Allá aprendí a romper prejuicios y tabúes. Mis propios prejuicios y los de una sociedad que no termina de aceptar que el dolor del espíritu, el del alma, es el peor de todos los males. Un dolor que no entiende de estatus económico, de cánones sociales o de maneras de enfocar la vida. Las cosas están cambiando y empieza a verse un horizonte de esperanza, pero queda aún mucho trabajo por hacer. Por eso decidí aportar mi esfuerzo por recuperar nuestra dignidad, por erradicar para siempre este estigma que tanto nos ha marcado. Una lucha ardua y costosa.

*   *  *

Al fin oigo el despertador. Escucho atento la canción que suena en el dial de la radio. Pero hoy es diferente. Mi ánimo no se mueve ya al vaivén de los sones de una melodía que nunca te dice nada ni te lleva a ninguna parte. No, hoy va a ser todo distinto. El café me sabrá mejor que nunca, me pondré la camisa que me ha regalado Amaya por mi cumpleaños y me echaré ese perfume que ya no huele a farsa y a arrogancia. Habíamos quedado en que tienes que huir de tus neuras, me diría ahora Mikel. Y saldré pletórico a la calle. En la Asociación comparto despacho con la trabajadora social. Me costará ponerme al día, pero no me importa. Hace tiempo que mi castillo de naipes voló por los aires. Ahora me afano en apuntalar mi vida y voy a conseguirlo. 

 

Itzuli

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