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Sentimientos de irrealidad

Iñaki Sainz de Murieta Telleria - 30/04/2013

 

Y de repente ocurrió. Me sonrió como lo puede hacer una niña pequeña que contempla a su hermano mayor cuando está triste, con una chisporroteante mirada de inocencia y cálidos labios dispuestos a imprimir cariño. Me miró a los ojos a través de la multitud que se aglomeraba en la peatonal y yo hice lo propio. Era bella, muy hermosa. Juraría que la conocía de algo, porque no podía ser posible que una desconocida me regalase semejante muestra de afecto y que me siguiese de reojo cuando nos cruzamos apenas a un palmo de distancia. La única verdad es que me dedicó su más tierna sonrisa y siguió su camino, con un alegre andar que más bien semejaba el preámbulo de un delicado ballet, haciendo que un día que había despuntado triste y gris refulgiese ahora con la bondad de una bella desconocida.

Todo comenzó cuando aquella mañana me atreví a salir de mi pequeña y confortable jaula a la que llamo hogar. Lo hice después de permanecer enclaustrado en ella por tres semanas, como consecuencia de una de mis frecuentes depresiones, que abaten mi ánimo hasta límites que sólo aquellos que conviven con mi enfermedad pueden llegar a comprender. Y es que la esquizofrenia es una descocada amante que te alza al éxtasis o te sume en la más profunda oscuridad en cuestión de segundos; concubina de esporádicas visitas, pero de huella imborrable, hasta el punto que la neurosis y la paranoia crecen hasta convertirse en parte integrante de tu vida. Esto es lo que me lleva a escudarme muchas veces en la soledad y la autocomplacencia, puesto que prefiero abandonarme antes que pedir socorro, por cuanto que nadie me puede salvar de mí mismo, aunque prometan poder hacerlo. Además, el precio a pagar por ellos resulta a menudo demasiado alto y no estoy dispuesto a pagarlo; yo no valgo tanto como para destrozar a mi propia familia con sus desvelos hacia mi persona, aunque lo hagan con todo el amor del mundo. Es momento de darle la vuelta a esto. 

Muchas veces he estado en terapia tratando de poner remedio a esta patología que me tiene loco. He acudido a psicólogos, psiquiatras y todo tipo de terapeutas, pero pocos fueron los que realmente se preocuparon por mí, o al menos así lo viví yo, si bien soy consciente que tal vez el problema fuera exclusivamente mío. Tan sólo uno llegó a conectar conmigo a pesar de mi rechazo inicial; un buen hombre, amable y bonachón, de mirada despierta y sonrisa siempre dispuesta. Tal vez por eso compartí con él mis pensamientos más profundos acerca de la existencia, el amor y, cómo no, el sexo. Nunca me divertí tanto hablando de ello como con él. Se notaba que entendía del tema. El problema es que con el tiempo comenzó a demandarme ciertos cambios en mi vida que yo en aquel momento no podía acometer. No estaba preparado para dejar de lado la medicación y someterme a un tratamiento a largo plazo, de modo que hice lo que solía hacer siempre en este tipo de situaciones, huir de todo y refugiarme en mí mismo. Fui un estúpido, como casi todos los jóvenes, pero eso es algo que sólo con el tiempo se aprende a ver, a pesar de que sigo tropezando con la misma piedra una vez tras otra.

Cuando me viene el pico depresivo tiendo a recordar y pensar en quienes se han quedado atrás; aquellos familiares y queridos amigos que ya se han ido, dejando tras de sí un enorme desconsuelo y vacío. Las noches nunca son tan inmensas ni crueles como cuando las raíces de la muerte han abrazado tu corazón y envuelven en su manto tu razón. En ella se suceden las imágenes de quienes ya no están, remarcando su triste ausencia, cuya vida es tan sólo un recuerdo en la memoria y la mía ni siquiera es apta para cribar y discernir fielmente lo que es fantasía o realidad. Es ese sentimiento de irrealidad lo que me mata, lo que hace que llegue a odiarme a mí mismo por ser incapaz de preservar inalterada la esencia de aquellos a quienes más he llegado a amar. Pero la verdad es que mi memoria es como una adolescente ligera de cascos que huye hacia adelante en una carrera hacia ninguna parte. 

Pero la vida sigue su inexorable curso. Todo pasa, todo cambia, nada permanece salva las huellas indisolubles de su paso. Todo es objeto de cambio excepto el amor a los colores de tu equipo, si lo tienes, ya que esos nunca te van a traicionar por mucho que reniegues de ellos. Y no lo hacen porque forman parte del inabarcable mundo de las ideas, de lo trascendente y de la identidad que uno mismo ha ido construyendo para situarse como persona en el mundo. Incluso nuestras parejas van y vienen aunque no queramos... aunque sea lo que necesitamos. Con frecuencia los más bellos momentos de intimidad no son suficientes en el ocaso de una relación, a pesar de que al principio ambos soñaran con prolongarlos hasta el fin de los días. El amor no es sólo cosa de dos, aunque soñamos despiertos con que así sea. Mas sólo cuando aceptamos esto podemos a llegar a estar mejor con nosotros mismos, por duro y traumático que pueda llegar a ser. 

Tengo la fortuna de haberme enamorado varias veces, aunque dependiendo de quién lo pregunte he de reconocer que suelo tender a reducir esa cifra a la mínima expresión. Es por todos conocido que las palabras son un arma arrojadiza y que determinados conceptos tienen un simbolismo y connotaciones que te pueden llegar a joder la vida. Hay cosas que es mejor mantener dentro de uno mismo, como secretos íntimos que son, por mucho que se abogue por lo contrario en loor de la mutua confianza y la sinceridad más absoluta. El conocimiento no siempre trae consigo la felicidad, lo sé por propia experiencia. A nadie le gusta saber que no es ni de lejos el mejor amante que ha tenido su pareja, o que antes que él pasaron sin pena ni gloria muchos otros. Para muestra, un botón.

Pero queda siempre en mí el bello poso del desamor, que nunca yerma y me recuerda que el amor que siento por otros nace de mí, que soy yo el origen de ese increíble sentimiento, que soy yo quien se lo regala a otros. Esto me lleva al día de hoy; a un gesto, un guiño, una sonrisa y un nuevo escenario. Todo cambia, todo muta y el amor que antes añoraba vuelve a crecer dentro de mí, sin que conozca el nombre de aquella que lo ha vuelto a prender; sin saber si algún día la voy a volver a ver; sin saber, hasta cierto punto, que mi memoria es real y no fruto de una ensoñación. Pero al final, digo yo, ¿acaso dejan de ser reales mis pensamientos por el mero hecho de no ser fruto de la realidad? Si yo soy lo que vivo y mis sueños son como las olas que ahora mismo bañan mis pies desnudos, tan reales como la propia existencia, ¿qué importa que mi mente se disloque si no daño a nadie? Al fin y a la postre yo soy el único responsable de cómo entiendo mi existencia, con y sin locuras, sueños o pesadillas. 

Y la luz del vestíbulo del doctor se torna cálida, como la sonrisa de aquella desconocida en cuyo recuerdo aún me deleito. En esta ocasión ya no me volveré a echar atrás. Éste es el umbral de mi recuperación, de un nuevo yo. Es mi... es ella; mi desconocida. Sus ojos brillan ahora incluso más que antes. Sé que me está hablando, pero ni siquiera la oigo. Sólo veo su rostro, bello y radiante como sol de primavera, que cuanto más se acerca más reconforta y sólo deseo seguir bajo maternal influjo.

 

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