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Relato de una médico venezolana: "estaban acostumbrados a que quienes rotaban por ahí solo se acercaban a interrogarles sobre una patología psiquiátrica, juntando criterios para diagnosticar, y no tod

Ana Cristina Guillén Vasquez - 20/03/2013

 

Cuando pisé por primera vez la clínica psiquiátrica en mis pasantías de sexto de la facultad, debo confesar que no entendía la finalidad de estar ahí si ni en mis planes más remotos estaba la posibilidad de escoger psiquiatría como especialidad. Mi primer día fue terrible, llegué tarde y, mi profesor que no era (a mi parecer y él no se esforzaba mucho en cambiar mi apreciación) el hombre más simpático de la tierra me hizo haber detestado aún más el haberme salido ese día de mi cálida y cómoda cama.

Ni psicología, ni psiquiatría, ni ninguna de sus afines fueron asignaturas que me gustaran demasiado o llamaran mi atención en exceso a lo largo de mis años de carrera, estudiarlas en los libros era bastante interesante, hallaba cierta fascinación en enterarme de algunas teorías, postulados y corrientes que intentaban explicar como es que nuestro cerebro en conexión con el cuerpo que lo transporta era mucho más que sinapsis y estructuras pequeñas delicadas que si se enfermaban, no había de otra, te jodías, pero a pesar de esa fascinación, debo confesar, con algo de pena, que simplemente no me gustaban como otras que si estudiaba con pasión y dedicación.
Volviendo a la clínica psiquiátrica en ese primer día de pasantías, nada iba a mejor cuando mi profesor nos explicó al grupo que nuestra evaluación consistiría en asistir cinco días (de lunes a viernes) de siete de la mañana a una de la tarde durante seis semanas a las sesiones de terapia ocupacional e los pacientes y tratar de establecer una relación con ellos que si bien no traspasara las barreras de la del médico-paciente tampoco fuera una vil consulta entre cuatro paredes apuntando con lápiz y papel- Yo que siempre fui muy preocupada por esto de los números y porcentajes pregunté ¿Cuáles serían las técnicas de evaluación y la ponderación de cada una de ellas? A lo cual mi profesor contestó con un sarcasmo que le lucía muy natural “Al final se los explicaré”, asunto que generó aún más aversión en mí hacia aquella experiencia que apenas estaba por comenzar.

Las primeras dos semanas no lograba comunicarme con los pacientes, algunos se me acercaban y a veces ni lograba entender qué querían decirme, mis compañeros lucían tan adaptados, tan fluidos y yo me sentía una incapaz total en aquel lugar que salía de mi zona de confort de estudiante estrella de hospital clínico a la que sus profesores jamás dejaban de augurarle una carrera excepcional, sin embargo en algo que podía lucir tan simple como hablar con otra persona, mis brillantes habilidades académicas eran totalmente inútiles. En repetidas ocasiones mi profesor me exigía más interés, se mofaba de mi desgano y debo asumir, bastante avergonzada, era muy evidente.
Una mañana decidí que eso debía cambiar, ya más o menos hacia la tercera semana de pasantía, estaba desesperada no tenía ningún tipo de relación con los pacientes, sólo los veía caminar, hacer sus actividades, les saludaba con respeto, observaba a mis compañeros hacerlo tan bien y observé en el patio central a una señora de unos cincuenta y tantos a la que decidí acercarme para conversar, me saludó con un “Hola doctorcita ¿quiere saber cómo fue que terminé aquí cierto?” y quedé perpleja ante tal saludo al que solo pude responder con un “No, solo quiero conversar contigo”. Después de unos minutos de conversación amena, tranquila y grata fui calmando la angustia que me agobiaba durante las semanas anteriores, a partir de ese día fui conversando de a poco con los pacientes y pude notar en la mayoría que estaban acostumbrados a que quienes rotaban por ahí solo se acercaban a interrogarles sobre una patología psiquiátrica, juntando criterios para diagnosticar, y no todos mostraban interés franco en conocerles más allá de su condición mental, y había ahí una verdad, había una persona como cualquier otra siendo opacada ante nuestra vista por un diagnóstico.

El último día de la pasantía voy con muchos ánimos a la clínica psiquiátrica, habíamos tenido una despedida de los pacientes el día anterior donde comimos, bailamos y compartimos un rato tan ameno que quedó para el recuerdo; para ese día nuestro profesor tenía planeado reunirse con cada uno de los miembros del grupo de alumnos por separado para una evaluación final, una especie de interrogatorio para el cual todos memorizamos los criterios, tratamientos y todos los aspectos referentes a los diagnósticos más comunes en la clínica psiquiátrica, sin embargo ninguno estaba preparado para la pregunta más difícil, a mi parecer, de toda la carrera médica “¿Qué aprendiste?”, y debo confesar esperaba algo más de libro, algo más como a lo que te acostumbras en la facultad, y en ese momento rebobiné mi historia seis semanas atrás, di un vistazo desde mi actitud inicial, paseé por las interacciones con los pacientes, por lo que había observado, por mis percepciones de cada situación, por la energía del lugar y por lo que me producía el estar ahí, y logré responder “aprendí lo iguales que somos todos, que nadie está exento de padecer una condición mental, que el solo hecho de poseer mente y cuerpo ya nos predispone a poder estar en el lugar de esas maravillosas personas que conocí, como eso, como gratas personas durante estas seis semanas y que de ahora en adelante en mi futura carrera médica jamás olvidaré la importancia de conversar con el ser que tienes delante confiando en ti y tus conocimientos para ayudarle, que es una persona como yo o podría ser mi madre, padre, hermanos o amigos, pero que en esa circunstancia es mi paciente y ese hecho no anula sus otras condiciones”.

Mi profesor sonrió y me dijo “Muy bien Ana, acabas de conocer el objetivo principal de esta asignatura y de aprobarla satisfactoriamente, los conocimientos teóricos los manejas muy bien, sólo te hacía falta esto, porque tú misma notaste que aun sabiendo demasiado sino puedes interactuar y ponerte en el lugar del otro y sensibilizarte, ese conocimiento será de muy poca utilidad”.

De ese modo concluí mi última pasantía psiquiátrica de la carrera hasta ahora y, posteriormente, durante mi primer año de trabajo como médico tuve un episodio depresivo menor a causa de una separación amorosa y el estresante ritmo de vida que llevaba, y luego de superada la condición recordé aquella vivencia, y afiancé aun más el aprendizaje obtenido: Ninguno de nosotros mientras vivamos, nos relacionemos, tengamos emociones, sentimientos, éxitos y fracasos está exento de padecer una enfermedad mental y la diferencia entre recuperarse o no radica en nuestras propias fuerza y motivación, en el apoyo incondicional de quiénes nos rodean y aman, y en buenos y humanos profesionales que puedan ayudarnos a crear herramientas para superar cualquiera sea la situación que estemos atravesando.

 

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