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Pura ironía

Amaia Cía Abascal - 31/01/2013

 

Fue en el viaje de vuelta de Londres. Yo había acudido a una reunión en la que trabajamos sobre el guión de una serie televisiva británica y me encontraba agotado. Agradecí que el asiento de mi lado estuviera vacío. No para descansar, que nunca consigo dormirme en un avión, sino por no tener que mantener conversaciones de ascensor.

—Me aburren los diálogos de rellano y de relleno —le advertí el primer día a mi peluquero—. Es deformación profesional.

Yo fui claro. Él lo aceptó. Y desde entonces forjamos una sólida relación: él todo lo que me dice es veintisiete cincuenta y yo acudo religiosamente cada dos meses.

Sin embargo, mi debilidad es meterme en las conversaciones de los demás. No me refiero a meter baza, por supuesto, sino a escuchar activamente. Tan activamente como para bajarme dos paradas más tarde del autobús por no perderme el final de una conversación telefónica ajena, o cambiar mi recorrido en el metro por una buena reconciliación entre novios. En los restaurantes tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no tratar de adivinar la relación que une a los comensales de la mesa contigua. Me concentro en la carta, en enrollar los espaguetis al pesto o en el escote de mi acompañante, pero no siempre da buen resultado.

Por eso, el viaje de vuelta de Londres lo pasé con los ojos clavados en los respaldos de los asientos de delante. El de él totalmente reclinado, en ángulo recto el de ella.

No se conocían previamente, pero como el tipo era simpático no tardaron en intercambiar datos de su vida. Casado, tres hijos, Jefe del Departamento de Recursos Humanos de tal empresa, recién casada, visitando a una hermana en Londres, dependienta.

—Créeme —decía él, removiendo una ginebra con hielos en vaso de plástico—. El mundo es de los fuertes. Se han puesto muy de moda conceptos como la solidaridad o la igualdad, pero al final se imponen siempre otros menos altruistas. Lo que está de moda no vende. Pura ironía.

Era un hombre de unos 45 años, de esos a los que les encanta hablar. Más bien diría yo, escucharse. Se había aflojado el nudo de la corbata y su discurso era cada vez más locuaz, consciente de la atmósfera envolvente que sus palabras creaban en ella. Tipos como él tienen un verdadero don de gentes.

La chica sentada a su lado, más joven, morena, ni fea ni guapa, se mostraba inquieta. Quizás por el miedo a volar. Se pasó el viaje en un continuo ir y venir. Se recogió el pelo, fue al baño, desplegó una revista de moda que no leyó, se soltó el pelo, se lo volvió a recoger, sacó las cosas de su bolso, las ordenó, volvió al baño, guardó la revista, la desplegó de nuevo…

—No sé por qué no dejan fumar en los aviones —se quejó mientras tamborileaba las uñas rojas sobre el apoyabrazos—, ¿antes era seguro y ahora ya no? Con ese afán por regularlo todo nos están convirtiendo en unos idiotas. Cinturones de seguridad, casco para ir en bici… El otro día leí que multaron a una señora por ir hablando por el móvil mientras cruzaba un paso de cebra.

La chica abrió su bolso y sacó el paquete de tabaco, el mechero, la agenda, los pañuelos de papel, la barra de labios, las gafas de sol. En orden inverso volvió a colocar cada cosa en su compartimento.

—Con lo poco que me gusta volar… lo que daría por un cigarrillo. ¿A ti no te da un poco de claustrofobia esto de saber que estamos en un espacio tan pequeño sin posibilidad de salir? —preguntó mientras se recogía el pelo en una coleta.

—Mucha. Te refieres al matrimonio ¿no? —bromeó él con una sonrisa encantadora. Pude verla porque se acercó a su interlocutora quedando su cara en la separación de los dos asientos.

La chica se revolvió nerviosa y jugueteó con la cremallera de su bolso. Pensé que iba a volver a sacarlo todo sobre la bandeja abatible.

—¿Tú crees que si fumara en el baño saltarían las alarmas? —dijo bajando la voz.

—Prueba —contestó él—. ¿Qué van a hacer? ¿Echarte del avión?

La chica pareció sopesarlo, pero finalmente permaneció en su asiento.

—La vida es de los que arriesgan. Si acatas todas las normas te quedas fuera —siguió argumentando el hombre—. Sin ir más lejos, la semana pasada largué a cinco comerciales. Trabajadores correctos, expedientes intachables, siempre puntuales. ¿De qué les sirvió? Chica, al final los números mandan. Los resultados de ventas se imponen. Hay que ser más transgresor. Yo soy el que pincha y corta en mi Departamento, pero en última instancia fue una cifra la que decidió sus destinos. Pura ironía.

—Terrible —dijo la chica.

—Terrible no, real —le corrigió él—. Y nuestros beneficios han aumentado.

En ese momento, la azafata recorrió el pasillo con el carrito de artículos para la venta. Al pasar por mi lado, vi cómo el hombre alargaba la mano y cogía un frasco de perfume sin que la azafata se diera cuenta.

—Es para tener contenta a mi mujer por si hoy llegara tarde —le dijo a la chica, guiñándole un ojo. El hombre escondió el paquete detrás de la bolsa para el mareo con naturalidad. No sé por qué no dije nada. Creo que por vergüenza ajena.

Ella se azaró un poco. Si durante todo el vuelo había estado moviendo la pierna, comunicando un tembleque continuo a su asiento (y por contagio, a mi bandeja), ahora el tembleque había pasado a terremoto de baja intensidad. 

—Además —se excusó él—para tu tranquilidad te diré que lo más caro de esto es el trozo de cartón del envase. Eso sí, es el agua de dentro lo que pagamos a doblón. Pura ironía.

—¡Cómo eres! No se te pone nada por delante —dijo ella, con una risita. Y me pareció que se sonrojaba. Él lo tomó como un cumplido.

Cuando la azafata se hubo alejado, el hombre sacó el frasco de perfume y se lo ofreció a la chica.

—Era para ti. A las mujeres guapas hay que cuidarlas.

Ella, visiblemente halagada, tuvo una buena excusa para sacar otra vez el paquete de tabaco, el mechero, la agenda, los pañuelos de papel, la barra de labios, las gafas de sol. Tenía que hacer un nuevo hueco en el bolso. Presencié el ritual tres veces más antes de aterrizar.

 

Tuvimos que esperar un rato a que se abrieran las puertas. No me importó porque así pude contemplarlos a mis anchas, los dos de pie. Juraría que allí no acabó la historia entre ellos, pero yo estaba demasiado cansado como para comprobarlo siguiéndolos en nuevas combinaciones de metro.

Al acercarnos a la escalerilla de salida, la azafata se dirigió a la pareja desde el pasillo:

—Perdonen, ¿alguno de ustedes ha olvidado esto? Estaba debajo de sus asientos.

Se hizo un silencio. Una situación un tanto incómoda.

La azafata les tendía una caja de medicamentos. Unas pastillas con nombre de conocido fármaco psicotrópico. Era difícil aventurar cuál de los dos encajaba mejor con aquel objeto personal olvidado (estaban tan igualados). Si hubiera sido un paraguas negro o un pañuelo de flores…

Ellos se miraron mutuamente (¿con desconfianza?) y negaron con la cabeza. Me hizo gracia la situación y pensé en incluirla en alguno de mis guiones.

 

Al alargar la mano para recuperar mis pastillas pude haberme limitado a dar las gracias, pero en su lugar me oí decir:

—Pura ironía.

 

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