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Luz emboscada

Raúl Castañón del Río - 12/03/2013

Al radiante mediodía dominical se le había ido agregando mucha gente, pero no toda la prevista: faltaba el protagonista principal. Los cuchicheos iban subiendo de volumen y los invitados más allegados se movían intranquilos por los jardines aledaños de la iglesia. ¿Pero dónde demonios podía haberse metido el novio! Miradas interrogantes y esquivas, carraspeos de circunstancias, nerviosos paseos en círculo. Si los relojes pudieran gastarse a fuerza de consultarlos, no quedaría uno legible en varios kilómetros a la redonda.

Elena siempre había soñado con ese día. Desde niña ya deseaba que el día de su boda fuese de película. Pero no así, claro: aquello era demasiado suspense. Demasiada tardanza en comparecer el novio –de quien ella no sabía nada desde el viernes por la tarde, le era imposible¬–, y eso le hacía imposible calmarse o centrarse en los últimos detalles de su gran día. No hacía más que darle vueltas a lo mismo en su cabeza, una y otra vez, repasando los acontecimientos para intentar sacar algo en claro. Estaba bien lo de irse a la capital a celebrar la despedida de soltero, ella lo había hecho también con sus amigas más íntimas; hasta ahí todo normal, pero este mutismo total ya era demasiado tensar la cuerda. En las películas el novio tardón llegaba siempre al límite del tiempo, con el margen justísimo para el sí, quiero, aunque se presentase algo desaliñado y jadeante a confirmar la alianza, mientras se componía el peinado, los pliegues del vestido o el nudo de la corbata, dependiendo del sexo del impuntual. Pero esto de hoy no era una película, era su película; su día, su fiesta, su momento.

Un paso. Otro. Y otro más. Multitud de pasos: decenas, cientos, incontables. Una mirada contemplativa, una visión tan natural que parecía recién nacida, un descubrimiento permanente desconociendo el tiempo. El estreno del paisaje, que se abre para que el visitante se adentre en él, rodeándolo sin encierro y mostrándosele a través de reflejos de su propio interior. Sistemas organizados y fisonomía cambiante. Yesos duros apenas coloreados de matorral, cerros y barrancos, llanuras cerealistas donde aprieta el sol intenso del nuevo verano. Y en alguna parte, la protección verde y refrescante que brinda el propio entorno. Siguiendo la senda de la ribera del río –tanto puede ser el Jarama como el Henares, ni al río ni al hombre que lo bordea les importa demasiado el nombre–, se eleva la vegetación hasta la copa de los sauces de raíces encharcadas. Asoman luego los álamos y fresnos con guarnición de zarzales y rosales silvestres, confirmando que no hay camino sin espinas. El hombre se sienta a descansar, aquietado contra el tronco de un fresno propicio. Tenía la mirada perdida, pero no tanto como para no ver ni apreciar el alma invisible de aquél rincón del espacio natural que lo acogía junto al río. En el agua latía la vida. El aire cercano revoloteaba con un buen número de mariposas coloristas y alguna que otra libélula zumbando sobre los regatos del cauce, de donde provenía también el croar esporádico de las ranas. Más allá y más arriba, en la porción visible de cielo, se desplegaban bandadas de estorninos y alguna ave solitaria de mayor tamaño. El hombre contemplaba la escena como si fuese un documental sensitivo en primera persona donde sobrase toda narración explicativa. No estaba en su mejor momento para reflexionar, pero de algún modo se le avivaba allí una conciencia de los orígenes. Podía intuir la evolución en aquel reducto natural del parque, la fertilidad del río impulsando desde siempre la vida y proveyendo de agua, leña y alimento al hombre primitivo en sus asentamientos ribereños. Hoy, pese a los milenios transcurridos, él se encontraba un poco así, desnudo sobre la Tierra, abrigado tan sólo por la propia naturaleza, madre de todo y de todos.

Algunos empezaban a acordarse de su madre, pero ninguno de los amigos de Jaime recordaba nada fuera de lo normal. La cena pantagruélica del viernes, la borrachera preceptiva con remate confeso de bailarinas de club nocturno, y la resaca nebulosa correspondiente: una juerga al uso, vamos. Los últimos en verlo declaraban haberlo perdido de vista buscando una parada de taxis o de metro –en este punto difieren las versiones, dubitativas todas ellas– de la zona de Legazpi. A partir de ahí, nada. Y eso era lo raro del asunto. No era normal que nadie, absolutamente nadie, supiera nada. Se descuenta el día siguiente, víspera de la boda y forzosamente inhábil, con toda la pandilla maltrecha secando los excesos nocturnos. Parecía ser que todos los implicados permanecieron incomunicados en su convalecencia sabatina, pero hoy ya era domingo, el día fijado para la boda, y seguía todo en blanco. Un blanco de silencio preocupante, máxime cuando el pacto entre los novios era juntarse –sobre la marcha, pero a tiempo– con el propósito de conjurarse y reforzarse mutuamente para espantar los nervios propios del evento.

Elena luchaba y luchaba por serenarse, pero ya le estaba resultando muy difícil conseguir alguna presencia de ánimo. Más bien todo lo que obtenía era un mal presentimiento. Muy malo. En menos de un cuarto de hora sonaría la hora fijada para la ceremonia, y Jaime seguía en paradero desconocido. No había ni rastro de él. Ni una llamada, ni un aviso; a nadie. Al igual que el resto de quienes estaban al corriente, Elena no dejaba de preguntarse qué podría haberle sucedido. Aquello no era normal en Jaime, ni mucho menos. Llevaban un noviazgo de años y a aquellas alturas ella creía conocerlo mejor que la madre que lo había traído al mundo. Siempre lo había tenido –así se lo había demostrado él a lo largo de todo el tiempo de relación– por una persona responsable y equilibrada, con una conciencia muy marcada para cualquier acto cotidiano, por irrelevante que fuera. Desde luego, esto de ahora no tenía nada de eso: ni responsable, ni equilibrado, ni concienciado, ni irrelevante. Podría suponerse y hasta admitirse que Jaime hubiese querido llevar al extremo la superstición de no verse los novios el día antes de la ceremonia para eludir la mala suerte, pero eso se podía avisar sin mayor problema. Además, un pacto era un pacto, y ellos habían pactado apoyo mutuo a cuenta del que prescribían para toda la vida los cánones de su enlace matrimonial. Mal empezaba la cosa si no se respetaban los pactos entre quienes habían elegido compartir sus vidas. Y lo que mal empieza, ya se sabe. Las agujas del reloj se deslizaban fatídicas por el círculo más cercano a los novios. Elena había olvidado los últimos retoques personales. Ni el maquillaje, el peinado o las galas del atuendo le preocupaban ahora lo más mínimo. Lo único que importaba, lo que condicionaba todo lo demás, era el novio ausente. Y el vacío interrogativo de esa ausencia lo llenaba todo. Elena deseaba con todas sus fuerzas poder creer que todo resultase una broma de dudoso gusto, que Jaime estuviera conchabado con sus amigotes para una última calaverada que finiquitase su soltería del modo más gamberro posible, y que, como en las películas del subgénero nupcial, su novio apareciese sobre la campana de la iglesia con una sonrisa traviesa y algún comentario irónico de los suyos. Pero las caras desazonadas de los sospechosos desmentían tal posibilidad.

El río actuaba como un dios creador. Alzaba en torno a sí todo un ecosistema interdependiente y fluido. Los árboles de ribera albergaban aves e insectos a la par que sus raíces extraían el agua profunda y fertilizaban el suelo sus hojas caídas, en un reciclado natural de agentes y nutrientes. Con una eficacia milenaria, aquel ritual seguía funcionando hoy, a despecho de los vertidos de la urbanización salvaje.

Elena seguía intentando dominarse para no descargar con nadie todo su despecho de mujer. El tiempo corría implacable, desbordándolo todo. Se había sobrepasado con creces la hora establecida para el enlace y el reloj señalaba ya, entre lloros, incredulidades y blasfemias colectivas, la cancelación de su gran día. Era un final demasiado amargo para una película romántica. Elena no podía darle crédito a un arrepentimiento sobrevenido en Jaime, ni a otra causa de voluntariedad para aquella incomparecencia tan sonada y humillante. Después, ante la evidencia, la novia desairada hubo de terminar retirándose a la casa de sus padres para llorar su disgusto con la máxima dignidad posible. Mientras tanto, su hermano mayor se hacía cargo de la situación lo mejor que podía. Avisó en primera instancia al SAMUR y también se informó en la policía sobre la procedencia o no de denunciar la desaparición de su malogrado cuñado. No quería ser alarmista y nada le había dicho a su hermana al respecto, pero ojalá la fatalidad no le hubiera acercado a Jaime el fuego cruzado de la guerra de bandas callejeras que, según las noticias, había estallado en Madrid durante el fin de semana en curso.

Seguía caminando sin conciencia de las horas, deslumbrado e insomne, errante y desorientado; pero no perdido del todo. Reconoció una modernidad malbaratada en los restos fortificados de la guerra incivil que asoló el país en los años 30. No cabía duda de que aquel parque estaba profundamente señalado por la Historia, también por la más reciente. Vio algunos conejos fugaces que se dispersaron a su paso, desapareciendo de su vista en cualquier repliegue del terreno. Ellos no conocían más guerra que la de la supervivencia, ni necesitaban otra defensa que su velocidad natural. Los animales del monte eran todo un contraste vivaz con la inmovilidad fúnebre de las trincheras.

Como siguiera sin dar señales de vida, se procedió a activar el dispositivo de búsqueda. Jaime Carrera Núñez, español de origen, 37 años, 1’77 metros de estatura y 80 kilos de peso, constitución fuerte. Desaparecido durante la madrugada del viernes al sábado por el madrileño barrio de Legazpi, distrito de Arganzuela. En el momento de su desaparición, vestía una camisa de manga corta color gris claro, vaqueros oscuros y zapatos deportivos marrones. Rogamos dirijan cualquier información que pudiera facilitar su localización a…

La supervivencia es un hecho natural, un instinto puesto en valor, un triunfo de la vida. Así continúa triunfando sobre los tiempos actuales, tan poco amables con la naturaleza. Esa misma naturaleza que todo lo crea y ampara, le activa ahora al hombre algún resorte oculto en los genes. Ve una luz de emergencia encendiéndose para alumbrarle los pasos, que van siguiendo algún atavismo gregario en pos del rescate.

El pequeño grupo de excursionistas que recogía plantas medicinales silvestres ve interrumpida de golpe su actividad. No contaban con algo así en la calurosa tarde de domingo, planeada y discurrida sin sobresaltos hasta aquel momento. Los deja sin habla la aparición de paso lento y mirada perdida en algún horizonte distante y distinto al de ellos. Venía con la ropa y el calzado manchados de barro seco y desgarrados por las zarzas, un mapa de arañazos en la piel y ojeras visibles en la cara. Parecía ido, como ausente de la realidad, extraviado el camino y el juicio. No supo decir quién era ni a qué obedecía su presencia allí, y a todas las preguntas que le hicieron, apenas contestó con escasos balbuceos incongruentes. Tan sólo se le pudo entender algo confuso sobre una boda.

A los médicos hubo que agradecerles el ahorro considerable de tecnicismos. Hablaron de un exceso de tensión, de una sobrecarga emocional que produjo un estado de choque y enajenación transitoria. Por lo visto, Jaime había padecido una especie de cortocircuito mental que le perturbó la conciencia y la voluntad, privándole de la orientación. El nerviosismo acumulado por la boda inminente y, tal vez, cierta predisposición genética lo habían llevado a vagar por el bosque sin rumbo ni norte ni identidad durante un día y medio. Otra vez la ciencia interpretando la naturaleza como buenamente podía. Nada dijeron, en cambio, de la llamada natural que atendió la parte de Jaime todavía sin alienar. Esa parte fundamental de su ser respondió a una llamada importante, acudiendo a su lado para escucharla mejor y tratar de aprender de ella. Claro que él no exteriorizaba nada de esto todavía. Por suerte, su estado era reversible con el reposo, los cuidados y el aire sano prescritos. De esto último, Jaime traía los pulmones y el alma bien cargados del campo, y eso lo mejoraba día a día. Otra vez el sistema primigenio funcionando con eficacia, remediando con naturalidad los desmanes modernos. Asentando como siempre la vida, y ofreciendo de paso refugio contra el acoso del alma.

 

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