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La embajadora

Amaya Rodríguez - 18/02/2013

Cuando era pequeña obligaba a mi madre a venir a mi cama a darme un beso antes de irse al trabajo. Mi madre se resistía. Creía que las seis de la mañana no eran horas para andar despertando a una niña de no más de seis años. Porque no consistía en darme el beso. Debía despertarme para que fuera consciente de ello. Lo que ella no sabía era que ya estaba despierta. Perdía el sueño en cuanto notaba sus pasos y esperaba en tensión pensando que pudiera ocurrir la gran desgracia: esos días en los que sonaba la puerta y luego reinaba el silencio… Se había ido sin mi beso o más bien con él, pegado aún a la comisura de sus labios no dejándole alcanzar su destino final. 

El día entonces era horrible. Todo me salía mal. Acababa llorando o con alguna dolencia, todo porque mamá no me ha dado el beso… Menos mal que tenía remedio y en pocas horas tendría otra oportunidad de llevarlo conmigo.

No recuerdo el día en el que aquel ritual acabó. Por supuesto la adolescencia y etapa adulta se han visto privadas de aquel beso poderoso que hacía funcionar todos los engranajes del mundo y era capaz de hacer que todo saliera bien. Ojalá fuera capaz ahora de agarrarme a algo con tanta vehemencia.

Sin embargo, nunca dudé de la magia de mi madre. Estaba segura de que tenía poderes. La veía totalmente diferente de las madres de mis compañeros de colegio. Ella veía las cosas de otra forma. Para empezar, se iba todas las mañanas a las horas intempestivas que eran con una sonrisa en la boca. Mis amigos me contaban que por las mañanas sus papás siempre estaban enfurruñados porque se tenían que ir a trabajar y, o bien no les gustaba su trabajo, o llegaban tarde y andaban nerviosos. Pero mi madre se marchaba cantando y yo deseaba que llegara la hora de la cena, en la que nos narraba todas las cosas mágicas que le pasaban en su trabajo donde el mundo se miraba a través de unos sentidos que no tenían barreras.

Mi madre nos contaba que le habían descrito un mundo de color, sensible, profundo, bajo una percepción imposible de describir por mí pero que siempre se me ha antojado maravillosa. Me transmitía cómo había sido capaz por unos instantes de pasear por el mundo que le habían regalado durante el tiempo que su narrador se lo explicaba y cómo se había quedado atrapada en aquel paraíso que ella no era capaz de percibir. Sentía que era una pena que ella no fuera capaz de sentir el cien por cien de las cosas que pasaban por el mundo y sabía de buena tinta que así era porque, día a día, contaba con la suerte de que, en su trabajo, otros le brindaban las maravillas de los mundos que ella no alcanzaba. Yo le preguntaba porqué nosotras tampoco podíamos ver esos colores o esos mundos y ella nos explicaba con simpleza que igual que los perros oyen cosas que nosotras no podíamos, cada persona percibe cosas que otros no pueden. 

Así me enteré yo que cada uno ve el mundo de una forma y, donde yo veía el verde, quizá otro veía rojo, pero lo llamaba verde. Era ‘su verde’. Y nunca podría negar o aceptar su realidad. Lo que si era cierto era que yo era un poquito más rica que otros porque, si mi madre era tremendamente millonaria ya que le brindaban de primera mano esos mundos que ella era tan pobre de no poder sentir, a mí me llegaban de segunda mano y me abría un poquito más la mente. Mi mente pequeña y restringida.

Alguna vez acompañaba a mi madre a su trabajo y tenía el privilegio de escucharlos de primera mano de gente muy especial que decidía gastar su tiempo sentándose junto a una niña que simplemente esperaba a que su madre acabara de trabajar y le regalaban sus comentarios y percepciones. No todos eran felices. Muchos sufrían y yo, como niña que era, me echaba a llorar cuando les notaba porque olía su tristeza y me contagiaba. Otros trasmitían dulzura. Había una mujer, mayor que mi madre, que llevaba dos coletas canosas y venía saltando. Me contó que ella también iba al colegio y cantamos juntas las canciones que nos enseñaban. Pasé un rato tan divertido y lo vi claro, de mayor sería como ella. Nunca dejaría el cole. Otro día se sentó a mi lado un hombre muy delgado. Le faltaban los dientes y le costaba hablar. Vestía con un chándal descolorido que denotaba esa delgadez pronunciada. Me dijo que qué suerte tenía de tener a mi madre como madre, que ojala hubiera sido la suya y no habría acabado así. No le entendí, no sabía qué le ocurría, pero me dijo que mi madre estaba ayudándole y me sentí tan orgullosa que no pude menos que abrazarle. Enseguida salió un señor que me separó bruscamente y nunca más me dejaron sentarme en aquella sala a esperar a mi madre.

Pasó el tiempo, crecí, dejé de tener el beso de buenos días y también empecé a faltar a las cenas. Comencé a cerrar mi mente y a perderme la amplitud de miras que allí se me transmitían. Empecé a poner nombre a las cosas o, por lo menos, a llamarlas como me decían los demás que se llamaban, pero algo dentro de mí me hacía rebelarme. Sabía que había más cosas, más mundos. Incluso sabía que se podía ir a trabajar con una sonrisa en la cara y ganas por llegar a tu puesto.

El tiempo ha seguido pasando. Mi madre me llama y me promete que este año seguro que se jubila pero, a pesar de tener setenta años, la veo cargada de ganas de seguir en ello y la envidio por todos esos días que yo no soy capaz de compartir todo lo que en mi trabajo me transmiten, de no intentar alimentarme de sus mundos, de su percepción. Tengo la suerte de que mi madre me inculcara que existía un trabajo para cada uno en el que encontrar tu sitio y disfrutarlo. Mis hermanos y yo trabajamos en profesiones diferentes pero tenemos en común que buscamos en ellas la riqueza que otros nos pueden brindar en esos detalles no perceptibles para cualquiera.

Cuando me enseñaron a poner nombre a las cosas pasé a decir que yo era docente y mi madre era psiquiatra y a los que nos escuchaban y algunas veces teníamos la suerte de ayudar eran alumnos y otros eran pacientes. Sin embargo, respecto a ella, siempre he sabido que no era así. Mi madre es simplemente embajadora de todos los que le regalan su visita y le deleitan con las maravillas del mundo de sus sentidos.

 

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