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Hoy he vuelto a soñar contigo

Marta Reyes Abascal - 30/04/2013

Hoy he vuelto a soñar contigo… por un instante he vuelto a ser feliz contemplando tu sonrisa, acariciando tu rostro, besando tus labios. Minutos que me han parecido toda una vida. Hasta que he despertado. 

Estábamos en la playa contemplando el atardecer como siempre nos había gustado hacer. Podía sentir la arena entre mis dedos y el aire fresco alborotando mi pelo. Caminamos por el paseo marítimo y el tiempo se detuvo… De repente aparecimos en aquella azotea, se me encogió el pecho y la angustia me invadió. Te quedaste mirándome fijamente. Tuve miedo. Me besaste la mejilla, me dijiste que me querías mientras cerraba los ojos y al abrirlos ya no estabas… 

Al despertar, mi almohada volvía estar mojada. Como cada día he vuelto a empaparla en lágrimas recordando cómo te despediste, cómo al abrir los ojos ya no estabas. Las pastillas parece que cada vez me hacen menos efecto pero no tengo ganas de ir al médico, siempre me dice que no tengo nada, que sólo necesito salir, estar con la familia y deshacerme de las cosas del pasado que me hacen daño. En el techo se proyectan las sombras de las persianas. 

Algún rayo de luz trata de entrar pero no quiero que me molesten, no tengo ganas de nada. Hoy hace seis años desde que te fuiste. Hoy ya no es un día feliz como antaño. Nunca entendí por qué te marchaste el día de nuestro aniversario. Siempre fuiste muy despistado, lo mismo ni sabías el día que era… 

La luz que entraba es suficiente para levantarme de la cama e ir recorriendo la pared del dormitorio hasta llegar al pasillo, continúo caminando hasta el que había sido tu despacho, me acerco a tu mesa, cada vez acumula más polvo. Enciendo el pequeño flexo que hay junto al ordenador, no tengo fuerzas para levantar la persiana, y el ruido de fuera no me invita a hacerlo. Solo quiero calma. Compruebo que sigue ahí, exactamente donde tú la pusiste antes de irte. Donde la dejo cada vez que la leo con la esperanza de que todo sea un mal sueño. 

La primera vez que vi aquel sobre negro me dio un vuelco al corazón, y cuando te echo de menos no puedo evitar aferrarme a aquel último recuerdo que me dejaste. A aquel trozo de papel ya gastado de tanto tocarlo y verter mis lágrimas sobre él.

Al contemplarlo siento un escalofrío recorrer mi cuerpo. Aún me tiemblan las manos al abrirlo. Aún se me escapa una lágrima antes de encontrar el valor para levantar la solapa.

Siempre supiste que me gustaba el papel envejecido y sé que lo preparaste sabiendo que me dulcificaría el dolor. Quizás no fuiste consciente de que me haría más daño que tus palabras. Esas que no tuviste el valor de decirme. Podríamos haberlo arreglado, pero sin embargo preferiste irte dejándome una nota. Una triste nota de despedida. Quizás tenías miedo a mis palabras. Quizás sabías que nunca te lo permitiría. 

Tras tu marcha no quise tocar tus cosas, sabía que no volverías, pero aún no he tenido el valor de… dejarte marchar… de continuar adelante como me pedías en tu carta. De rehacer mi vida sin ti. No comprendiste que mi vida sin ti no tenía ningún sentido. Y te fuiste. 

Con tu marcha rompiste mi alma. Quebraste todo aquello por lo que luchamos. No quisiste luchar más. Te fuiste con un “te quiero” que se llevó el viento, pues para mi, sólo fueron palabras, tus actos no demostraron ese amor que me tenías, ese que tanto defendías. Y yo nunca lo entendí. Sé que tenías tus motivos. Sé que lo hiciste por nosotros, por mí, pero sólo pensante en aquel momento, sólo en aquel preciso instante, no te paraste a pensar en qué sería de mí sin ti. Sin tus besos, sin tus palabras de alivio en mis malos momentos.

Elegiste el camino fácil. Pero ese camino me condenaba a la infelicidad. A veces pienso que fuiste egoísta. Aunque estoy segura de que tú no lo viste así. Para ti era la mejor solución. Cometiste una locura que no te salió bien y no querías que yo la pagase, pero te equivocaste porque es lo que hago día tras día. Sé que creíste que sería lo mejor. Que todo se solucionaría. Si tú no estabas, ya no podrías arrastrarme al fondo del pozo contigo. Pero no fue así, cuando saltaste desde aquella azotea, te llevaste contigo la parte de mi que me hacía ser feliz. No sólo terminaste con tu vida sino que también lo hiciste con la mía. 

Suena el teléfono, será otra vez mi madre, estará preocupada. Hace días que no hablamos. Pero no tengo fuerzas para hablar de nada. - ¿Diga? – Me habla una voz masculina, suena dulce, me intriga. Pregunta por mí, reconozco ser yo. Es Armando, lo recuerdo, era un amigo de mi hermana. Me comenta que ha regresado a la ciudad, se marchó hace años a trabajar a Londres. Quiere quedar para tomar un café. Dudo. No se si estoy preparada. Me insiste, dice tener ganas de verme, de hablar conmigo. Intento excusarme. Su voz es tan dulce. “En media hora te veo en la cafetería que hay frente a tu casa”. ¿Cómo sabe dónde vivo? Claro, llevo viendo en la misma casa diez años. No tengo ganas de hablar con nadie, me resulta molesto el exterior.

Media hora, tengo media hora para arreglarme. ¿Y si no voy? ¿Y si me quedo en casa? Me meto en la ducha, de todas formas tenía que hacerlo. Me pongo unos vaqueros y un chaleco, pero en realidad, no tengo ganas de salir, me da pereza. Han pasado veinticuatro minutos. 

Ya debe estar en la cafetería. No, mejor no bajo, mejor me quedo en casa. Llaman a la puerta. Abro. Es él con una sonrisa. Con una dulce sonrisa. No lo recordaba tan guapo. “Tenía miedo de que no bajaras y he subido a buscarte, coge el bolso, tengo algo que enseñarte”. Me arranca una sonrisa, leve, pero una sonrisa. Tal vez sea un buen momento para seguir adelante. Cojo el bolso y cierro la puerta dejando en casa a la tristeza.

 

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