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El girasol

Belén Boville Luca de Tena - 28/01/2013

Cuando tienes ganas de mear no existe otra cosa en el mundo. Tenía la vejiga llena pero no podía moverme ni saltar de la cama. Si conseguía incorporarme no era más de un minuto. Me sostenía sobre los abdominales, tenía los brazos y las muñecas atados, su piel roída por mis intentos de zafarme de las tiras de cuero. Una luz de neón flaca e inane y el techo verde con tachuelas eran todo mi horizonte. Más allá, una ventana con barrotes dejaba ver un trocito de cielo, un cuadrado, tan lejano como inútil. Estaba solo, aturdido, sin saber qué me ocurría cuando entró un enfermero. Quise decirle que me soltara para hacer pis y sin mediar palabra me mostró la bolsa llena de orina que me habían conectado.

Aturdimiento. Dolor. Desesperanza. Humillación. No recordaba nada. Si por supuesto quién era, Héctor Martínez Gardner, estudiante de informática, tercer hermano de cinco, dado a las elucubraciones mentales, la pesca con arpón y los videojuegos, nada especial.

Intentaba recordar y se repetía una noche tras otra, como una noche perpetua, una tras otra, de botellón en botellón, como una película muda e intensa, llena de ojos y miradas, llena de sombras. Me duele la cabeza, me meo y solo me dejan esta sensación frustrante, el escozor en el pito, esta sensación vergonzante, ser y no ser.

Han pasado ya tres años de esta pesadilla. Tuve un brote psicótico en mitad de una noche de verano, un verano interminable que comenzaba tras la cena y acababa cerca de las ocho cada mañana. Consiguieron reducirme entre cuatro tíos, noquearme hasta dejarme inconsciente y meterme en una ambulancia. No llegué a rajar seriamente a nadie pero en mi fiereza agarré una botella por el cuello, la partí y la utilicé como instrumento cortante. Ahora todo esto se me aparece como una película ajena a mí. Yo soy aquél.

Aquél que a veces surge con sus dudas, sus miedos, su atonía, su indiferencia. Aquél que ya no es y que ahora, tras aquél confinamiento de más de dos meses y el tratamiento psiquiátrico, empieza a tranquilizarse y asumir la enfermedad mental, esquizofrenia paranoide, a asumir mis limitaciones y expectativas; a hablar, a salir del armario, a comportarme no más diferente que un diabético o un enfermo renal que cada día necesita la diálisis.

¿Este extrañamiento, esta permanente necesidad de observación, de los otros –mi psiquiatra, mi psicóloga- de mí, de mis pensamientos, mis angustias, mi depresión, mi indiferencia, son necesarios? ¿Puedo vivir sin ello? ¿Es esto vida, o es una muerte a cámara lenta, la observación convulsiva de un enfermo, un ser humano atrapado en su cárcel, la mente, este “yo” que no desiste?

Considero que los esquizofrénicos somos enfermos de por vida pero que, tratados adecuadamente, podemos incorporarnos en la sociedad sin más problemas. Pero ¿qué, cómo, cuándo, con quién?

Cuando escribo esto me vienen a la mente retazos de películas sobre el medievo cuando se perseguía a los dementes como endemoniados o locos perversos. Harapientos, con la mirada perdida, formando parte del teatro intrínseco de su alucinación, pobres diablos... Solo una mente compasiva y preclara, un auténtico visionario, el padre Jofré, amparando a estos desgraciados y ejerciendo la terapia más efectiva y revolucionaria: el amor, el buen trato, la compasión, la consideración de estos pobres locos como seres humanos abandonados, escarnecidos, perseguidos.

Miles de días de infamia, siglos, regímenes, brutalidad e ignorancia se juntaron en los manicomios, esos lugares perversos que aún hoy existen en muchos rincones de este ignominioso planeta.

 No es suficiente drogarnos. No es suficiente mantener la medicación de por vida. Ésta te libera del peaje más grosero pero no es suficiente, no es suficiente.

Quizás sea el amor, a veces desinteresado, de familiares y voluntarios, otras, el girasol que se abre luminoso y va rotando por donde va el sol. Algunos recibimos este regalo y hemos de ponerlo en nuestra mejor habitación, nos llenará de alegría, un bien escaso entre mis iguales.

Así me siento yo.

Un día vino a la asociación una chica budista. Solo ella y su cabeza afeitada. Nos habló del zen y de la concentración, vaciar, vaciarse la mente, inspirar, fijarse en el ombligo, espirar. Observarse. Ya no un individuo ajeno a ti, solo tu, íntimamente, con amor, condescendiente.

Irene solo tiene 26 años y una piel luminosa que siempre ríe. Me quedé y seguí los ejercicios, con un gran esfuerzo intentaba respirar despacio. Con su sonrisa me decía que no me pusiera nervioso, y aguantaba, aguantaba hasta que fui haciendo enorme la espiración. Durante una hora intenté estar inmóvil aquietando este brazo que vibra a su antojo. Las nubes empezaron a desgajarse ingrávidas, sueltas, blancas, transparentes. Fue como si mi cuerpo también se desgajara, como si dejara de pesar y también mis pensamientos recurrentes, esa observación enjuiciadora que me atormenta y aprisiona.

Cada tarde, desde hace dos meses, viene Irene. Nos sentamos, esperamos, nos vaciamos. Las nubes pasan, el cielo cada tarde empieza a iluminarse con unos colores que antes jamás había visto. Miro al cielo, miro las nubes y sus formas. Luego miro a Irene y ella me contesta con una sonrisa. Entonces nos vamos caminando hasta la playa y el espectáculo de rosas y malvas, de amarillo y naranja encendido nublan esas voces oscuras y soterradas. La miro a ella y sus ojos limpios me muestran que cada mañana hay un nuevo despertar, solo hay que contemplar el cielo sin más, elevar la cabeza y dejar que el aire pase por tus neuronas.

 

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