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El corazón de todos los inviernos

Josefina Solano Maldonado - 09/01/2013

"En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente". Khalil Gibran


A pesar de todo me aceptas, me comprendes, me tiendes tu mano y repartimos el peso del miedo entre los dos para que no llegue la angustia, para que podamos reconstruir juntos los sueños desmembrados, para anular la orilla equivocada del espacio donde crecen espinas y duele la travesía.. Me quieres sin reservas, amor, y me ayudas a sentirme libre, me ayudas a cubrir el material de la memoria con besos y palabras que no acogen los filos de las navajas ni la soga de los ahorcados.

Antes de ti me sentía de espaldas al mundo, era una de esas mujeres mansas y agotadas que no dejaba espacio a esos sueños taxativos que anestesian el pensamiento de felicidad. Sobre mi conciencia había ocurrido algo, buscaba todo lo que no era y me faltaba: el nervio para pisotear la hondura, la sed de algo que estuviera alejado de la tristeza, la latitud y longitud de una alegría que sólo había estado alguna vez de paso en mi cabeza. Cada día volvía los ojos hacia la propia huella que yo misma había dejado en el espejo. Al fondo estaba la niña de Carroll, expulsada impunemente del país de las maravillas para ser condenada a vivir en las entrañas de un monstruo, para alimentarme de esa materia inútil y cabrona que genera la melancolía.

Antes de ti, todos los credos detonaban en mi corazón y mostraban su estrepitoso vacío, todos los deseos me parecían mezquinos, vivía días de ocaso y tránsito, de túneles y abismos. En mis ojos se agotaban las primaveras tristes, masticaba el cansancio matando el tiempo mío, mi tiempo muerto. Estaba condicionada por la mímica de los que no entienden la cordura, por una morfología salpicada de paréntesis en donde se colaba el miedo a ser en mitad de la herida, cada día era apuñalada por la angustia de quien va comulgando con el suicidio cotidiano de la autoafirmación.

Antes de ti, los días tenían color de rata mojada, sucumbía a la música de los pianistas mancos que tocaban sin parar en mi habitación, se me pegaba al paladar un sabor de magdalenas rancias que me recordaban la desgana de estar viva. No me sentía capaz de actuar en el teatro viejo de la vida, no sabía caminar bajo la lluvia pisando ranas y escarabajos muertos, no entendía por qué había tantos insectos carcomiendo las paredes de mi alma. En mis ojos de muchacha se había alojado una vejez prematura y cruel que ponía arrugas a las cosas y zozobra a la condición de existir.

Llegaste tú, amor, y te diste cuenta que mi sonrisa llevaba muerta siglos enteros igual que mis sueños. Me ayudaste mucho, me llevaste a la clínica y acepté por fin ponerme en tratamiento. Ahora vivo a tu lado como una mujer llena de ilusiones. El tiempo de las lágrimas quedó atrás. Ya no persigo aquellas horas en que la luz de la tarde se dejaba engullir por los lobos de la noche. Sabes ya que el corazón se rasga con suma facilidad, pero se enmienda rápidamente cuando late a la par de otro corazón. Sé que no vas a permitir que una lluvia malherida de preguntas sin respuestas caiga sobre mi suerte para llamarla “maldita”, para caer otra vez rodando en el abismo de la penumbra. Ahora tomo mi ración de aire diaria para afirmarme en este mundo, trazo caminos en el mapa de la esperanza y renuevo esta historia mía que comienza tras la derrota. Ya no guardo en los bolsillos la soledad y el vacío, ni me maquillo en un intento inútil de borrar la tristeza. Por todo lo que me quieres, porque me has enseñado a quererme, merece la pena seguir adelante, amor.

 

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