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El arco iris en sus manos

Manuela Padial Sánchez - 04/02/2013

 

Juanma era un niño introvertido, callado, poco amigo de los bullicios y los escándalos de la ciudad. Era un buen alumno en la escuela, y aunque parecía estar siempre despistado, con la cabeza en sabe dios qué universo, lo cierto es que Luis hacía unos exámenes brillantes. Desde muy pequeño destacaba en el dibujo, tenía en sus manos la destreza capaz de hacer volar dragones con su lápiz de carboncillo, de plasmar sirenas de cabellos cobrizos por los islotes del pacífico, de dibujar el sudor de su padre en las laboriosas tareas de la trilla de los agostos amarillos, podía concretar sin ningún esfuerzo los sentimientos ocultos detrás de los ojos de Asunción, su madre.

Asunción era una mujer con el temperamento exaltado, siempre dispuesta a poner el grito en el cielo por cualquier inclemencia. Era una mujer fuerte y robusta, acostumbrada al trabajo duro desde su infancia. Para ella la emigración a Francia era el peor de los castigos divinos, un castigo que se enviaba a los pobres, desarraigados de todo, incluso de su tierra, alejados de sus familias, obligados a trabajos sin tregua, en un país que les exigía hasta el último esfuerzo, y al que ella jamás se sintió unida, del que no entendió nunca ni sus costumbres culinarias, ni sus tradiciones, ni sus rutinas sociales. Jamás pudo aceptar que no utilizaran el azafrán para el arroz ni en las mejores cocinas, que la tortilla nunca llevara patatas, ni los cocidos morcilla de cebolla. Así fue que Asunción pasó los años de endivias y remolachas, de vendimias y recogida de manzanas, resignada, acatando con entrega el designio de los pobres, deseando abandonar cuanto antes aquellas tierras encharcadas dónde el sol apenas aparecía por las plantaciones y las lluvias nunca eran excusa para abandonar las faenas agrarias. ¡Cómo echaba de menos el sol de Andalucía! Fue por eso que a Francisco, su hijo mayor que compartía con los padres la nostalgia por su tierra, lo envió con la abuela para que terminara la escuela en España, antes que la pubertad se le echara encima y viera hermosas a las niñas francesas.

Juanma, que había nacido en Francia adoraba esa tierra y la ferma dónde vivía, tenía miedo a verse obligado a abandonar un día sus paisajes majestuosos, verdes e inmensos, donde el silencio era su mejor cómplice. En casa solía contestar en francés a su madre, Asunción encendía su cólera y le gritaba que no hablara con ella en aquella lengua empalagosa, que dejara aquellos vocablos del demonio para sus compañeros franceses, que en su casa sólo se hablaba castellano, pero a Juanma, acostumbrado a los chillidos de su madre como un retumbo sordo que sonaba tan atroz que nunca se detenía a escuchar, no le importaba y se marchaba mascullando palabras en francés.

Pocos años más tarde Asunción comprendió que era el momento de marcharse, de poner fin a aquel exilio y sobre todo que era el momento de llevarse de allí aquel hijo que se estaba convirtiendo en un francés, olvidando sus raíces y amando los colores y paisajes de aquella tierra foránea.

Antonio, el marido de Asunción, hubiese regresado mucho tiempo atrás, cuando terminaron de construir la casa del pueblo, pero la necesidad de poseer una parcela para trabajar sus propias tierras cuando regresaran, el deseo de arrancar a sus propios olivos el líquido de oro que les alimentara en un futuro, el sueño de saberse propietario había conferido a Antonio una voluntad de acero que le hacía capaz de soportar los mayores vendavales en los campos franceses. Asunción estaba decidida, quizás ya era incluso tarde, pensaba mientras observaba a su hijo menor. Cuando Juanma terminó el curso hicieron las maletas, recogieron los bártulos de media vida y pusieron rumbo a España, sin más reflexiones.

A la llegada a España Asunción comprobó que se encontraba mucho más unidad a aquella tierra forastera, que habían dejado atrás, que a su propia tierra. Su pueblo parecía distinto al pueblo que ella recordaba, y los habitantes habían cambiado las costumbres que tanto echó de menos, como las veladas en las calles tomando el fresco de la noche, las puertas siempre abiertas para que los vecinos y parientes entrasen o salieran, las atardecidas del verano haciendo tomisas y espartos, las mujeres en las recachas bordando tules, los ancianos al sol de las esquinas, habían cambiado tantas cosas en su ausencia que volvió a sentirse extranjera.

Para Juanma el regreso fue mucho más difícil, el nuevo curso se avecinaba imposible, ya había terminado secundaria y su español era tan inteligible y escaso que presumía la dificultad de continuar estudiando, pero su madre no estaba dispuesta a que dejara los estudios y le matriculó en un instituto de la ciudad. Juanma hizo un gran esfuerzo, demostrando su fuerza de voluntad y la inteligencia innata que poseía, pero no fue suficiente y los sobresalientes de otros años se convirtieron en suspensos, olvidó sus dibujos y los colores de su paleta de tintes, olvidó que el silencio era su mejor aliado y lo fue convirtiendo en una pesada losa que lo alejaba más y más de sus compañeros. Crecía en su aislamiento, en su soledad, en su tristeza, en su nostalgia, al mismo tiempo que sus piernas y sus vellos también le crecían y su cuerpo parecía abandonarle para convertirse en un cuerpo distinto, en un cuerpo en el que él no se reconocía.

Primero fue una tristeza inmensa, desoladora, implacable, que Asunción observaba sin preguntas. Después fue el miedo, los terrores, los monstruos y más tarde fue la ira, una cólera desmedida que enjuagó todos los silencios de Juanma. Aquella crisis de voces y estruendos, de violencia sin control llevaron a Juanma al hospital, a la unidad de enfermedades mentales, y a Asunción, su madre, la llevaron al lugar de la desesperación. Ella, primero vociferó al gran Dios, le recordó que había cumplido el castigo de los pobres largamente, el exilio y el trabajo laborioso, que no era merecedora de otro castigo, del más cruel que podía imaginarse, la locura de un hijo; luego rebuscó entre sus parientes y antepasados para encontrar una herencia tan malvada y aunque recordó que el temperamento de su familia era de un temperamento fuerte, enérgico, y algunos de sus parientes tenían un carácter extraño, no encontró realmente ninguno que fuera el causante genético de la enfermedad de su hijo. Más tarde se convenció que no podía culpar a nadie, y se culpó a ella misma. Se sintió entonces tan culpable como impotente, deseó cambiar el pasado, deseó tener otra vez la oportunidad de mimar a aquel hijo solitario, de haberle hablado bajito, de haber compartido con él el tiempo que dedicó a los trabajos agrícolas y sobre todo se arrepintió de haber cumplido con aquel castigo de los pobres que al parecer ningún Dios había tenido en cuenta. Se sintió culpable de haber arrancado al hijo de su vida y sus paisajes, de aquellos amigos que hablaban la misma lengua que él, de sus costumbres francesas, de sus silencios, de su paz interior.

En los primeros días después de la crisis Juanma no era capaz de asimilar lo ocurrido, no era capaz de aceptarse a sí mismo y se veía como un ser distinto, extraño, acechado por la locura y rechazado por todos, por los vecinos que le miraban con ojos de recelo, por sus compañeros de clase que le observaban como un bicho raro, demente, excéntrico, ido… y se encerró en una soledad dolosa, que le oprimía de tristeza hasta extremos insoportables.

En medio de aquella soledad extrema, conoció a una médica joven, que además de insistirle en la importancia de no abandonar el tratamiento, le convenció de que asistiera con ella a una asociación de personas con problemas parecidos a los suyos, le habló de un lugar donde conocería a gente luchadora que había pasado por momentos complicados. Las aclaraciones serenas de la doctora -que le explicaron por primera vez el significado de la palabra esquizofrenia-, y la sonrisa sincera que descubrió en ella le hicieron tener la voluntad suficiente de acercarse a esta asociación a la que María, que así se llamaba, insistía en acompañarle.

Al principio no estaba cómodo entre aquella gente extraña, no se sentía uno de ellos, todos le parecían ajenos a sus problemas, pero algún vínculo peregrino le obligó a asistir a charlas y talleres hasta que fue incluyéndose en el grupo y supo ver que más allá de sus dificultades era gente extraordinaria como admitió finalmente. Descubrió que todos tenían su pequeña historia detrás, sus frustraciones, sus resentimientos, sus miedos…, inconvenientes a los que tenían que enfrentarse todos los días. Comprobó que también sus familiares estaban superando la impotencia y la culpabilidad absurda, que les acosaba, tal como le sucedía a su madre, por eso decidió que aquella asociación era el lugar de sus padres e invitó a Asunción para que le acompañara a las charlas y terapias.

Allí Asunción admitió que su hijo era sólo un enfermo que había enfermado como tantas personas, unas del corazón, otras del riñón, otras del estómago…, y cambió aquella culpabilidad que le oprimía las entrañas por la más firme voluntad de ayudar a su hijo en combatir su enfermedad.

Juanma se empezó a sentir especialmente cerca de Antonio y de Manuel, reconoció que entre ellos nacía una importante amistad. Se empezó a reconocer imprescindible, apoyado, especial, con el ánimo tan despejado que una tarde, a su llegada a casa, buscó los pinceles que tenía abandonados desde que llegó de Francia. Montó su caballete con un lienzo nuevo, tomó sus óleos, mezcló los tonos, dibujó un boceto donde una gaviota atravesaba olas de espuma y lo plasmó con los tonos y matices más espectaculares, más sublimes, más brillantes. Supo que había recuperado la destreza de sus manos tanto tiempo aparcada en soledades, supo que había recuperado los colores de unos ojos que se habían vuelto opacos lentamente, supo que era una persona especial, privilegiada. Recordó a Anne, la niña a la que su madre debía poner insulina todos los días en la escuela primaria. Juanma decidió aceptar su enfermedad con la misma naturalidad con la que aquella niña pequeña aceptaba la suya.

Asunción vio el cuadro que su hijo estaba terminando en el patio y se sintió orgullosa de él, sabía que Juanma tenía talento, que tenía el arco iris en sus manos, que era una persona especial, privilegiada. Asunción sintió por primera vez que el destino no sólo le había ofrecido castigos, que también tenía mucho por lo que sentirse dichosa, que ella también tenía mucho que agradecer a la vida.

 

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