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2º premio: Azul y marrón

Mireya Gómez Encinas - 14/10/2012

 

El teléfono suena.

Miro fijamente al espejo: me devuelve una mirada asimétrica, unos ojos que nacieron dispares y opuestos, como si de una burla o un presagio de lo que serían mis días se tratara: azul y marrón, frío y calor.  Los rayos del atardecer se cuelan tímidos y taciturnos a través de  la ventana e inciden sobre mis facciones y los recovecos de mis jóvenes arrugas y muecas, queriendo iluminar una verdad normalmente oculta bajo esta máscara, que es mi rostro, una caricatura inversa de lo que realmente soy: pues lo exagerado y lo extremo es lo que está escondido, y lo normal y lo corriente, lo que puede verse, lo manifiesto.

Tan sólo mis ojos desiguales, uno azul y otro marrón, frío y calor, reflejan la asimetría de mi alma, la batalla que se libra día a día, en mis entrañas y mis intestinos, guerra en la que siempre he de perder. Nunca llega la calma.

La eterna lucha de lo caótico, la carcajada y el llanto, el susurro y el aullido, la reflexión y el impulso, la lija y el terciopelo, el cielo y el subsuelo, la vanidad y la inseguridad, la timidez y el desenfreno, la absoluta infravaloración y los delirios de grandeza, la desbocada fortaleza y la sumisa flaqueza.

El antagonismo con pies, boca y corazón.  Dos extremos inmiscibles, echándose un pulso constante, conviviendo en una sola piel, bajo un mismo disfraz, fluyendo por las mismas arterias, desembocando en los mismos ventrículos. Una homeostasis inalcanzable, un equilibrio utópico.

Eso soy yo. Azul y marrón.

Azul.

- Lo siento, mejor lo dejamos para mañana u otro día, me apetece estar sola.

Su frase resuena en mi cabeza.

Quiere estar sola. Me dice que quiere estar sola. Conozco el verdadero significado de sus palabras, su exacta traducción: quiere estar sin mí. Algo se va acumulando en mi pecho, me oprime la garganta, y me sube hasta las pestañas. Amenaza con desbordarse. Dolor líquido. Porque ella… ya no quiere estar conmigo, quiere estar sola, no me desea a su lado… No me necesita. ¿Existe algo peor que sentirse innecesario, prescindible, sustituible? Sé lo que vendrá después. Se le ocurrirán millones de excusas por las que alejarse de mí, mientras que yo… estaré repleto de motivos que me inviten a quedarme a vivir entre sus manos suaves y tibias, lo único estático y seguro que poseo. Que poseía… Y ya no volveré a besarle las pestañas, ni dormiré en el hueco de su abrazo, ni escucharé como pronuncia de manera encantadoramente imperfecta la letra erre, ni oleré el escondrijo de su lunar secreto, ni jugaré a hacer dibujos en su piel con la yema de mi dedo índice. Nunca más… Nunca… es tanto tiempo. Me quedaré solo, acompañado únicamente por mis demonios y las voces de mi cabeza… y por el hielo de su ausente presencia.

Las lágrimas cruzan finalmente por mis mejillas, arañan mi rostro creando dos surcos imborrables y caen, pero sólo una de ellas deja su huella apenas perceptible en mis vaqueros raídos. La observo, paralizado, analizo su silueta. Me quedo ensimismado en su concienzudo análisis, inerte, el estatismo se apodera de mí, y siento mi cuerpo pesado, como si hubiera estado millones de años aguantando sobre mis hombros la más insoportable de las cargas. Quiero cerrar los ojos y dormir de forma perenne, abrigarme con sueños, sueños… en los que ella será la protagonista: su recuerdo es un tatuaje en las circunvoluciones de mi cerebro.

Que nadie venga a buscarme: me encerraré en este cuarto, me tumbaré en este lecho frío y dejaré pasar las horas hasta que se inunden las paredes y naufrague en esta desesperanza. Que nadie se acerque, que ya nada merece la pena… Dejad que me ahogue en este mar oscuro, azul.

Sí… Esto es lo peor que me podría haber pasado en la vida.

Marrón.

-Lo siento, mejor lo dejamos para mañana u otro día, me apetece estar sola.

Su frase resuena en mi cabeza.

Que quiere estar sola, dice. Como quiere estar sola, me deja a mí solo. Solo no, ¡libre! Sí. Libre como las cometas, como las gaviotas y las veletas. Todo es efímero, y esto llegó a su fin, y sé lo que vendrá después, y lo agradezco, sí, ¿quién quiere responder ante nadie pudiendo no tener que dar explicaciones, ni hacer inciertas predicciones de futuro, planes, horarios, compromisos, agobios, ataduras, grilletes, cadenas que nos atan? ¿Quién querría eso? ¿Que quiere estar sola? Sola estará, y yo a nadie necesito, a nadie requiero, nadie, ¡nadie!

Camino por mi habitación haciendo círculos, a un lado y a otro, no puedo parar, algo me impulsa a tocarlo todo, a romper la quietud  con mis pasos y mis manos y mis dedos. Enciendo la radio. Adoro el solo desgarrador de esta canción. Y ella decía que comprarme una guitarra era malgastar el dinero, que la dejaría de lado, que no sería constante… ¡constante! ¿Quién quiere constancia en un mundo impredecible, construido a base de giros imprevistos, de inesperados cambios de guión, como éste, como esta llamada, esta frase, este puñado de palabras que lo cambian todo? Me compraré una, sí,  la Fender Stratocasterque vi el miércoles en Second, sí, esa es genial, me la compraré en marrón, la que simulaba como madera, es la más cara, pero bueno, ¿y qué?, ¿qué más da? Si ya no tengo que responder ante nadie, puedo comprarla y destrozarla si me da la gana, a lo Nirvana. Smell like teen spirit. ¿Por qué no? El dinero está para gastarlo, el tiempo para consumirlo, los objetos para romperlos a golpes del uso, y la vida para todo eso, y renovarla cuando se torne anticuada o monótona. ¡Innovar, destrozar! Miro la foto que me regaló, el dibujo que me hizo en aquella servilleta. Recuerdos inservibles y caducados. Agarro con fiereza todo lo que está en mi cuarto que tiene que ver con ella, hago una pila, en el epicentro de mi euforia. Enciendo una cerilla y la acerco a la montaña de nostalgia inservible, una colección de momentos que no se repetirán, que ya no tienen sentido, ¡inútiles! El fuego empieza a nacer y lo consume todo, que no, que nada es eterno, que todo se acaba, se evapora. Comienzo a reírme a carcajada limpia, danzo alrededor de mi pequeña destrucción, acerco las manos al fuego hasta que duele, ¿y qué más da? Una etapa nueva surgirá de sus cenizas. Y compondré melodías en las que la ella no estará, pues nadie es imprescindible, todos tenemos recambio y sustitución, los recuerdos son humo que duran lo que dura el estribillo de una canción o una hoguera en mi habitación.

Y que nadie se atreva a encerrarme, que no, que rajo las rejas de cualquier jaula o prisión, que el mundo está lleno de sabores, colores y calores, esperando a que los use, los gaste, los coleccione. Sí, dejadme que baile, libre y salvaje, sin sueños ni dueños, al ritmo de las cuerdas de mi guitarra ardiente, marrón.

¡Sí! Esto es lo mejor que me podría haber pasado en la vida.

Lo que más me gusta de nuestra psicóloga es que no nos trata como si fuésemos locos, tontos, o trastornados. Nos habla como si estuviera charlando con un conocido al que está explicando algo que no entiende, no por falta de capacidad, si no por ausencia de experiencia o conocimientos en el tema.

-A veces, puede reducirse a un problema de perspectiva- explica, con voz suave pero firme-. Un mismo hecho puede cobrar tintes totalmente opuestos según el significado que le demos, la interpretación que le aportemos, la causa que le atribuyamos, y las consecuencias que creamos que van a seguir. Pensamientos y emociones, razón y corazón, están íntimamente unidos, interactúan y se influyen de manera recíproca. Como se suele decir: todo depende del ojo con que se mire- se me escapa una sonrisa al pensar en mis ojos: azul y marrón-. Nada es importante, bueno, o malo, por sí mismo. Todo depende del significado que nosotros le demos. El resultado de esas operaciones en nuestra mente se traduce en el comportamiento, que es lo que termina viéndose: cómo actuamos. Si queremos cambiar nuestras acciones, debemos remitirnos a su origen: esa unión de razón y corazón, que a veces están echándose un pulso.  ¿Entendéis?

Suele acabar sus explicaciones con una pregunta. Después, asentimos o preguntamos dudas.

Entre nosotros,  preferimos llamarnos los “intensos”. Suena mejor, más interesante, menos patológico. Oficialmente, lo que nos une a este conjunto de personas sentadas en círculo, se denomina trastorno ciclotímico. Lo que más nos identifica o caracteriza son cambios bruscos del estado de ánimo, que pasan de un extremo a otro, en cuestión de días. Nos inundan dos episodios diferenciados: el depresivo y el maníaco. En el depresivo, todo es oscuridad, llanto, desesperanza y desilusión. Te sientes apático, ensimismado en cualquier nimiedad, todo parece ralentizarse: hasta tus pensamientos y las palabras que escupes. La muerte y las sombras se mudan a tu oído, y te hacen cubrirlo todo de un halo de pesimismo. Por el contrario, en el estado maníaco, nos domina la euforia descarriada. La autoestima se te infla, te crees capaz de cualquier cosa, tus manos se mueven motivadas por el descontrol, la impulsividad, todo acelerado, todo deprisa, desbocado, como si nada pudiera detenerte, cuesta abajo, sin frenos. Los delirios de grandeza te llevan a cometer las más peligrosas imprudencias. Los síntomas que sufrimos no alcanzan ni la suficiente duración ni intensidad como para que llegue a denominarse trastorno bipolar, aunque esto no quiera decir que nuestra carga sea más liviana. Las causas del trastorno ciclotímico son desconocidas, y su pronóstico…incierto.

En medio de este vendaval nos encontramos. Buscando algo a lo que aferrarnos para no caer, mar abajo, a la deriva.

- No sois enfermos, no estáis “locos”. La expresión y regulación de las emociones, se encuentra dentro de un continuo, como todo. Los aspectos humanos no son procesos de todo o nada, hay gradaciones, hay puntos intermedios y extremos, en el centro está el equilibrio, y conforme nos alejamos de él empiezan a surgir los problemas. No os diferenciáis cualitativamente del resto de la gente, si no cuantitativamente. Esto quiere decir que no poseéis nada que no presente el resto, es sólo que vuestros rasgos, en este caso la manifestación, intensidad y control de las emociones, son más acentuados, más intensos que los de la mayoría. Esto hace que vuestro pensamiento y vuestra conducta sean desadaptativos, es decir, no se adecuan a la realidad, y eso es lo que os perjudica, eso es lo que tenemos que modificar. El resto de personas también nos sentimos tristes, desesperados, o eufóricos y desatados. No es vuestra misión suprimir esos sentimientos, son normales, son humanos. Lo que tenéis que aprender es a regularlos. Regular esas emociones, para que no os dominen y os condicionen hasta el punto de no dejaros actuar con libertad. ¿Comprendéis lo que quiero decir?

Cuantitativamente. Intensos. Desadaptativo. Triste, eufórico. Regular. Libertad.

Repito las palabras en mi cabeza, trato de otorgarles sentido y coherencia, interiorizarlas. Asiento con la cabeza. Regular, libertad.

El teléfono suena. Me miro al espejo: parpadeo, y mis ojos aún siendo asimétricos, se mueven al unísono, compenetrados, al compás que yo ordeno, bajo mi control. Regular para obtener libertad.

Ni siquiera yo soy una marioneta del destino o una consecuencia forzosa de lo incontrolable.

No. Soy dueño y autor de mis pasos. No soy veleta de este viento, no soy víctima de este caos.

El teléfono suena. -Lo siento, mejor lo dejamos para mañana u otro día, me apetece estar sola.

Aprieto los puños, me muerdo el labio, aguanto un milisegundo la respiración.

Sacudo la cabeza, alejo de un golpetazo los fantasmas, los de azul y los de marrón.

-No pasa nada, reina. Ya nos veremos otro día.

Respiro hondo. Alivio. Sonrío. Ni azul, ni marrón. 

 

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